LOS GALEOTES


(con permiso de Don Miguel, supongo y espero)

    Cobijo en el subconsciente del alma, cosido a fuego, un caballero más errante que andante, un donquijote íntimo y secreto, reverso y cruz de una vieja moneda en cuya cara, bajo la leyenda homini lupus, brillan los emblemas de la inquina y el cabreo perpetuos. Con tal Ferrante imaginario doy en platicar, más de turbio en turbio que de claro en claro, mientras recorremos juntos, a lomos de precarias caballerías, el yermo mundo en pos de las más nobles intenciones: ya saben, desfacer entuertos cada día más indesfacibles, enderezar las malas costumbres y honrar a imaginarias damas.

Permítanme -o no, allá según vean vuesas mercedes- darles cuenta del último episodio de nuestras desgraciadas aventuras, buen suceso acaecido, por supuesto, en una suerte de duermevela de mil demonios trajeados. Allí tuvo a bien la providencia hacernos cruzar el camino de una recua de galeotes, gente forzada a la pena en galeras, a quienes, según el relato oficial, mal de su grado los llevaban donde no quisieran ir.
-“Aquí encaja la ejecución de mi oficio, amigo Sancho, desfacer fuerzas y socorrer y acudir a los miserables”.

Y a su paso se apresura ya diligente mi hidalgo caballero, dirigiéndose, al pronto de su encuentro, a uno de aquellos que caminan en cadenas ensartados:
-“¿Y cuál es entonces el delito que a vos hasta aquí os conduce?”, le interroga mi señor.
-“Siendo yo presidente” -contesta el reo- “quise en el Nuevomundo, -allá lejos claro, no fuera a ser que acá se escapare algún revés-, ofrecer lisonja fácil a quienes permanecieren en el hogar calladitos, pagantes, mansos y sumisos, en lugar de echarse a tomar la calle y mostrar hiel con vinagre frente a las alcabalas, las tercias, los diezmos, y demás expolio generalizado de aquel mi gobierno. Bien es cierto que lo hice emboscado en alabanzas y con el fin de conceder al populacho pendenciero mucho palo sin zanahoria, después del sanquintín que unos exaltados habían armado frente al Congreso, lugar al que malamente llaman la casa de todos los españoles.”
-“Poco pecado, no obstante, paréceme para tan grande tormento”, sostiene mi señor.
-“Bien decís, que injustamente me condenan mis jueces” -añade irredento, y a lo que se ve bastante convencido, el galeote- “tan sólo por añadir que ese tipo de manifestaciones, con asonadas y grescas, hieren la imagen de España”.
-“Grande es entonces la maldad deste malandrín, amigo Sancho”, recapacita mi donquijote, “pues ¿no habíamos de tener por cierto que esa tal labor del desprestigio patrio era precisamente el cometido de los poceros, fabras, urdangarines y ratos, y demás aves de pluma trincona, pajarracos socialmente consentidos y fieles cumplidores de su afán? Justo es en efecto el castigo de aqueste reo, por no demandarles a ellos deponer su actitud, como así hiciere con su pueblo.”
-“Bien convengo en lo que decís, mi señor”, le respondo sonriente, mas un poco pasmado.

Se acerca a continuación el caballero de la triste figura al siguiente galeote y se interesa por la ofensa que lo ha conducido al grillete.
-“Yo, amigo, estoy aquí porque, siendo gobernante en el estado de la Graneuropa, y sin duda para encubrir que los guardianes de nuestro reino reparten a diestro y siniestro cuando aúllan los siervos de la gleba, pedí censura televisiva, ad maiorem dei gloriam, hacia el derecho legítimo a la manifestación pública, so pretexto de que cundiera el ejemplo y nos vinieran a entrar ganas de manifestarnos a todos.”

En voz baja mi donalonso me razona y susurra sorprendentemente sensato:
-“Bien haríamos, mi fiel escudero, en recordarle a este desmemoriado empedernido, que también en la tele, cada domingo, retransmiten una misa y nadie pide prohibirla por miedo a que nos entren a todos las ganas de ir a comulgar. Pero, ah, con la Iglesia toparíamos entonces, querido Sancho…”

El tercero de los malhechores parece algo más exaltado que los demás y, sin pregunta mediante, confiesa de plano sus cuitas:
-“Buen caballero de porte noble y adarga antigua, siendo yo preboste vocero del gobierno del este país me plugo, alcachofa en boca y empapado en flashes, espetarle a todo un juez de la audiencia nacional un feo insulto, tal que “pijo ácrata” (y, de paso, “me cagüen tus raíces porque no dictaminas lo que yo me esperaba”), justo después de que su señoría hubiere tenido la osadía de decir por escrito a los que mandan y maman que son unos decadentes.”
-“Osado fuisteis, villano”, le reprocha mi señor, “como lo fue quien tuvo los arrestos necesarios para deciros a los de vuestra grey exactamente lo que todos pensamos y callamos. Y yo lo entiendo así, querido Sancho, que bien sabemos ambos que este truhán, además de lenguaraz, es el gato, el rato y el bellaco.”

El penúltimo forzado, muy taimado en su pose y pareciéndome a mí falsamente cuitado, lleva doble prisión que el resto, pues la cadena le voltea pies y manos y hasta el cuerpo entero, que ha de ser tan atrevido y tan grande bellaco, que aunque le llevan de aquella manera no parecen los guardias seguros dél, sino que temen que se les ha de huir. Tan fea estampa impone en mi entraña un aire inquieto y temeroso, que me lleva a prevenir, sin éxito, a mi señor sobre la conveniencia de a su lado arrimarse.
-“Bien, y vos, ¿qué facísteis, buen hombre?”

Muy necio y desafiante es el silencio de quien ha sido interrogado, y mucho porfía por no responder, de modo que se aviene uno de los custodios que conducen la reata de forzados a explicarnos que aquel anciano botarate, estando al cargo de una misión en país extraño -de esas tenidas a capricho en el ministerio de empleo o lo que sea-, tuvo a mal vomitar que "las leyes son como las mujeres, que están para violarlas”.
-“Y muy largo que nos llevó prenderlo, señor,” -matiza el guarda- “pues bien protegido que estaba por el silencio de los suyos, que mucho le auxiliaron en su huida.”
-“Amigo Sancho, a fe que grande infamia contemplamos, y enigmática ha de parecernos tamaña injusticia: que mientras los que clamaron frente al congreso conducidos fueron, porra en nuca, al cuartelillo por una mera algarada, este peligroso energúmeno haya podido seguir andando libre por la calle y tan campante, sin juez que lo enchirone. Por grande justicia hemos de tener su estancia en esas cadenas, sin derecho a conmiseración.”  

El último de los cautivos, de aspecto cetrino y patibulario, encierra en su mirada un brillo de encono sin par, que recuerda a fiera enjaulada a punto de asestar letal zarpazo, si ocasión se le concediera.
-“Mire vuesa merced” le advierto a mi señor, “que a lo peor no se nos ha de hacer a bien tener por sensato el trato con aquesta tan grande horda de malhadados, no siendo que del tal roce nos viéremos impelidos a algún acto poco noble. Ya muy claro lo dijo Don Erasmo, advirtiendo del contagio como peligro de la moría” 
-“Bien parece amigo Sancho”, responde mi donquijote, “que no estás cursado en esto de las aventuras y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con él en singular charla”. Y diciendo esto, da de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces de quien esto les narra, y dirigiéndose al reo le habla con sencillas palabras:
-“No hagáis caso de mi escudero, gentil buen hombre y contad la razón que a esta reata os ha impelido.”

El hombre contesta al punto y sin ambages, con locuacidad prodigiosa, una sonrisa sospechosa, brillo en los ojos y muy alta gallardía y bien seguro de sí mismo:
-“La estulticia, maese caballero, la peor de las calenturas de la estirpe humana, y no cualquier otro mal es quien me ha conducido a tan triste sino, pues por grandes insensatos que he de tener a quienes nunca oírme quisieran lo mucho que yo decía. En siendo yo el valido real para regir la instrucción de las gentes escolares de esta tierra nuestra, yo bien que les mentaba a muchos oídos sordos las verdades de la indolente condición de los maestros y letrados que a nuestra juventud han de formar, instándoles a desfacernos dellos y a no malgastar ni un real en la tan vana tarea de enseñar. Que poco buen fin tiene instruir a los mentecatos a costa de los dineros reales, mejor invertidos en los asuntos del reino, y cuánto mejor se ocupan de tal menester los monjes y sacerdotes que no los perezosos funcionarios. Y todo ello sin que ninguno de aquellos alelados tomara por seria alguna de mis prevenciones.”
-“Alguno remolón hubiera entre los dómines, bien es cierto, mas grande ha de ser la deuda hacia ellos y es buena práctica y costumbre la del respeto a quien nos cura del peor de nuestros males, que no es otro que la ignorancia, como bien deberíais saber si tan alto cargo hubisteis de poseer. Mas del tenor de vuestra labia es fácil colegir que vos erais el gran necesitado de buena instrucción en el arte del gobierno y en la sabiduría del silencio, que a lo que paréceme fuisteis pez que por la boca murió de tanto usarla en vano y sin decoro. Y a lo que veo para desgracia de quienes os mandaban y obedecían.”

Ajeno a la reprobación, el galeote requiebra el verbo y con un gran brillo en los ojos y la sonrisa, que más hipnotiza que asusta, trata de engatusar a mi señor:
-“Mas si vuesa merced, señor caballero, lleva alguna cosa con que socorrer a estos pobretes, Dios se lo pagará en el cielo, y nosotros tendremos en la tierra cuidado de rogar a Dios en nuestras oraciones por la vida y salud de vuestra merced, que sea tan larga y tan buena como su buena presencia merece.”
-“Habláis como el mismísimo Sabio Frestón, malandrín, y en vuestra palabra ocultáis ardid sin duda y aviesa intención recaudatoria, que aún no os despojasteis de la pose descarada, mandona y pedigüeña. Vuestro gobierno ya es agua pasada que ha de dejarse correr y no seré yo quien tropiece de nuevo en esta piedra del encantamiento.” 

Mi señor se vuelve hacia mí y pone fin a la plática con unas palabras que no me dejan otro sabor que el de la sospecha, por su clarividencia y certidumbre:
-“Grandes son los delitos de aquestos reos, mi fiel Sancho, que tunantes más redomados nunca verán los siglos venideros. Grandes también son mi congoja y furia al contemplar esta hueste de alipendes que merecen, amén del caminar eternamente ensartados, muchos solsticios de esforzado remo sin derecho a retorno.”

Y en viendo yo éstos súbitos arrebatos de lucidez de mi donquijote como actitud ciertamente extraña, y que las cosas no iban según el cauce ni la historia, me apresto a poner al día al hidalgo caballero y le comento admonitorio:
-“Pero recuerde vuesa merced el cuento de Doncervantes, en el que se relata cómo vos deberíais, en la enajenación de ese vuestro mal de la locura, socorrerlos y liberarlos, lanza en ristre, de sus cadenas opresoras.”
-“Loco sí, fiel escudero, pero no tanto, que despreciables hemos de hallar a quienes desprecio repartieron. Y por mucho que el encantamiento del malvado mago Democraticón pretenda hacernos creer por buenos a una tropa de maleantes, perdidos son e indignos de socorro y favor, y así los dejaremos.”

Para mayúscula sorpresa y estupor míos, el hidalgo donquijano se endereza al punto su yelmo de Mambrino -bacín que desuella la tapa de los sesos- y me arroja una mirada compasiva, merecida sin duda por mi osada ignorancia, para, acto seguido, volver la espalda a esa barahúnda de galeotes y dedicarles un sonoro y elocuente “¡que se jodan!”

Alejándonos ya de su presencia y camino, mi donquijote se pregunta, y me pregunta, desconcertado:
-“Amigo Sancho, ¿dónde habremos escuchado antes esas tres palabras tan bien ajustadas?”


M M, octubre 2012

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