EL ALCALDE DE MI PUEBLO Y MARTIN LUTHER KING

                     Desde que nuestro genio Calderón de la Barca inmortalizara la primera de las grandes teorías oníricas de los tiempos más o menos modernos en su celebérrima obra La Vida es Sueño, muchos han sido aquellos que se han apuntado al asunto de los sueños como leif motif, o, a semejanza de lo que hacen los políticos, como una forma de evasión, ya sea de la cruda realidad o de las preguntas y respuestas difíciles.

                Descubrimos, algunos ciertamente perplejos, que el alcalde de nuestro pueblo tiene, como Martin Luther King, un sueño, y así nos lo ha hecho saber en una reciente entrevista.

              Lejos de similitudes, yo encuentro un gran abismo de diferencias entre ambos casos. La diferencia estriba en que mientras el gran activista y luchador americano se hallaba en el lado más débil del conflicto social y, desde allí, peleó porque su sueño se hiciera realidad -la historia ya nos ha demostrado sobradamente si lo consiguió o no-, nuestro alcalde se halla, por el contrario, en el lado fuerte del conflicto social, en el lado del poder: aquí la cosa cambia y mucho porque cuando se tiene la sartén por el mango es más fácil, más barato y más bonito tener sueños. Cuando uno lucha en el lado débil, pensar que los sueños -entendidos como aspiraciones- tal vez no lleguen a cumplirse podría resultar incluso angustioso. Sin embargo, cuando uno se halla en el poder el convertir o no en realidad los sueños tiene bastante menos trascendencia, porque el acceso a esa zona de poder ya ha sido de por sí el logro de una gran aspiración, a la que habitualmente consideramos sueño. 

             Dice en la entrevista el alcalde de mi pueblo, a quien tengo el gusto de conocer y con quien comparto profesión e incluso especialidad, que sueña con un León mejor para cada leonés, lo que viene a ser, en sí mismo y con una interpretación literal de la intención que tal frase encierra, una hipótesis imposible, una entelequia de muy difícil dibujo. En mi opinión, resulta evidente que, por mucho que los sueños nos permitan convertir cualquier cosa en posible, es imposible que ciento y pico mil sueños se cumplan todos a la vez sin que interfieran unos en otros. Así pues, el alcalde de mi pueblo tiene un sueño bonito, pero de difícil cumplimiento.

              Por otro lado, y como si de la prueba del algodón se tratara, tengo la obligación, diríase incluso la necesidad, moral de preguntarle a mi alcalde, ahora que ya sabemos lo que él sueña, si, por el contrario, él sabe lo que soñamos nosotros, los del otro lado, los del bando de Martin Luther King. ¿Sabrá el señor alcalde que el sueño de muchos ciudadanos cada mañana es que a sus hijos, camino del cole, no les atropelle un coche en los pasos de cebra que él ha dejado huérfanos de vigilancia? ¿Llamaríamos a eso sueño o tal vez pesadilla en forma de una espada de Damocles? ¿Sabe el señor alcalde que el sueño de muchos niños de aprender (y practicar) deporte con sus amigos puede no cumplirse porque el precio de las escuelas deportivas se ha disparado y resulta inalcanzable para muchas economías familiares? Por no hablar, señor alcalde de esos 50 eurazos de cuota (una sobretasa del 25%) para aquellos practicantes que no estén empadronados, entre los que habrá, a buen seguro, muchos inmigrantes a los que se les está poniendo ¿intencionadamente? un buen obstáculo para su integración social y el disfrute de una vida más sana. ¿Es consciente el señor alcalde del mal sueño en el que a buen seguro vivirán ahora mismo los trabajadores cuyo nombre se encuentre en la lista de los futuros despedidos por los recortes municipales? ¿Qué clase de sueño, señor alcalde, es dejar a 274 trabajadores sin empleo ni sueldo por el mero hecho de conseguir dinero para pagar deudas? Al fin y al cabo, y espero que alguien me convenza de lo contrario, eso no es más que quitárselo a unos para dárselo a otros.

            No sé, tal vez hubiera sido mejor que el señor alcalde nos dijera que tiene un plan para que esta ciudad, antaño cuna de reyes, hogaño al punto de morir ahogada en un río de crisis y decrepitud política, pueda salir de la sima en la que los profesionales de lo etéreo, como él, la han encajado. Recuerde y no olvide, señor alcalde que “el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son." 

            Tal vez haría bien el señor alcalde en reflexionar si son sueños lo que quieren y necesitan sus ciudadanos, quienes, por cierto, son poseedores de un ingenio muy especial, lo suficiente como para saber que los sueños se tienen, fundamentalmente, cuando uno está dormido. Y lo que hace falta en estos tiempos que corren son mandatarios que estén bien despiertos.

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