LOS LUGARES QUE HABITAMOS



      Me he esforzado hasta la extenuación en el intento de comprender la razón por la que los indígenas norteamericanos llegaron a acumular tanto odio hacia el hombre blanco; al menos el suficiente como para combatirlo a golpe de flecha, tomahawk y rifle, por mucho que supieran que su derrota y exterminio estarían garantizados en tan desigual lucha. Y durante muchos años mi búsqueda de una respuesta ha sido nada más que una enorme futilidad, una tarea quijotesca que nacía sistemáticamente muerta. Mas lejos de sucumbir al desánimo o rendirme a la desesperación, he porfiado por mantener firme el empeño, y hasta la fidelidad, hacia una empresa que apenas auguraba otra cosa que un enorme desierto de fría incógnita.

        Por fin acabo de descubrirlo tal día como hoy, momento en el que la bombilla interior ha decidido, de repente, comenzar a iluminar una tenaz y muy longeva ignorancia: las tierras que los indios habitaban eran sagradas y les infamaba hasta el dolor la perspectiva de aquellos millones de rostros pálidos profanando sus lugares más queridos y venerables. Llegar a dicha conclusión no tiene un mérito particularmente especial, lo sé, pues se trata de un hecho que se puede escuchar casi en cualquier western o leer hasta en novelas de la más baja estofa. Lo que yo no había alcanzando a deducir es la causa, el por qué los nativos habían decidido que sus tierras eran sagradas. Y ahora ya he entendido que la razón no es otra que allí, en aquellos bosques, praderas, colinas, suelos, cielos, nubes, en cada árbol, piedra o arroyo, había trozos de sus propias almas esparcidos por doquier. De tan involuntaria y perdurable siembra nunca dejaron de brotar los sentimientos más arraigados en los espíritus de quienes fueron llamados salvajes sin serlo.

EL ABRIGO DE LA CÓLERA



                  Me considero un ciudadano honrado. Faltaría más. Nadie puede renunciar a un piropo propio, siquiera por no verse privado de esa bocanada de oxígeno que supone la última brizna de autoestima. Y a pesar de mi voluntariosa honradez (inexorablemente amalgamada a partes iguales con la correspondiente dosis de candor) en ocasiones tiendo a salirme del camino recto que teorizan, pero no practican, los dueños y fervientes del catecismo cuya lluvia arrecia por momentos. Y es entonces cuando caigo en eso que ellos llaman la tentación.

                Llevaba una larga temporada de voluntaria negativa a leer una sola línea de la prensa escrita. No me pregunten por qué, quién sabe; a lo peor una manía, otra más, de viejo cascarrabias; o tal vez simplemente se me ha pegado la táctica de los futboleros fracasados que le echan la culpa al empedrado periodístico. En fin, lo que fuera, pero me había dado por ahí como a otros les da por rascar bombillas. Sin embargo ayer, sin ir más lejos, después de tan prolongada (y sufrida, no crean) abstinencia de noticias, se me ocurrió sustraer un periódico de mi centro de trabajo.

LA LOMCE Y LOS OJOS DEL TRILERO



      Los ojos del trilero resplandecen ante el reto de embaucar a su víctima, ¿dónde está la bolita?, se llenan de chispas y chiribitas que componen una mirada larvadamente tramposa, de granuja agazapado, mientras sopesan el efecto de su ponzoña verbal sobre la incauta presa. Como Stromboli ante Pinocho, como Munchhausen a horcajadas sobre la bala del cañón, las palabras falsas emanan de cuevas oscuras con la peor de las intenciones:

“Un país que se acostumbra a un abandono escolar temprano del 25% está proyectando una tasa de paro elevada por falta de capacidad de su población durante mucho tiempo, y a eso hay que ponerle remedio cuanto antes”.

EXPRESIÓN CORPORAL



En el fragor de una clase vespertina trato de explicarles a mis alumnos que una de las mayores fuentes de vocabulario que tienen los diferentes idiomas es el cuerpo humano. Y aunque ninguno dice al respecto ni esta boca es mía, a mí, que ya tengo el culo pelado por este tipo de lides, me da en la nariz que no me creen. Así pues, empezamos con mal pie, y aunque la situación por momentos tiende a volverse descorazonadora, no puedo reprocharles que se resistan a dejarse calentar la cabeza con un asunto que tiene, siquiera aparentemente, escasos visos de verosimilitud. Pero como se suele decir, pongo a mal tiempo buena cara y aplico a grandes males, grandes remedios (o soluciones). Así que, lejos de quedarme de brazos cruzados, me dispongo a encarar el problema y demostrárselo con una terapia de choque que les haga entrar en razón y, en consecuencia, a hincarle el diente a un asunto peliagudo de c… Eso sí, sin perder de vista que la cosa requiere mucho tacto.

EUFEMISMOS Y TABÚES


Dedicado, ingenuamente, al señor ministro de justicia
(las minúsculas son voluntarias, faltaría más)

Ayudo a mi hija con un ejercicio de la asignatura de Lengua Española que trata sobre los eufemismos y los términos tabú. Y rápidamente enhebro el hilo argumental de esta entrada. No me gustaría extenderme en exceso sobre un tema tan especial como el de la interrupción voluntaria del embarazo (eso es un eufemismo). Aunque para mí, como verán a continuación, de especial no tiene mucho, ya que mi opinión personal al respecto está muy clara desde hace siglos: el respeto y la tolerancia por encima de todo. Nunca dejaremos de ser animales si acabamos incurriendo en la intolerancia. Y tolerar significa aceptar, respetar y ser libre. Con eso me imagino que ya sabrán por dónde van los tiros.

NUESTRA OBLIGACIÓN MORAL


"Nuestra obligación moral es perder el miedo y rebelarnos contra el sistema"



“Se ha deteriorado tanto la situación que no hay otra alternativa que la desobediencia civil”.

“No se puede decir que hay que cambiar las cosas y no intentarlo”.

"Si el capitalismo no ayuda a las personas a cubrir sus necesidades, tendremos que hacerlo desaparecer porque está en juego la superviviencia de la humanidad".

Arcadi Oliveres
 

LAS SERIES DE LA TELE



       Ciertas noches, después de la dosis habitual de anestesia televisiva, me suelo acercar al espejo del cuarto de baño y en mitad del conteo de nuevas arrugas, ojeras y canas, me sorprendo a mí mismo preguntándome, bastante angustiado, no crean, ¿soy un bicho raro por ver tantas series en la caja tonta? Most likely.

        Ando esta temporada chupando compulsivamente, y con fruición adolescente, de la pipa opiácea en que se ha convertido la pantalla, inhalando hasta los higadillos las más variopintas series con las que, cual adormideras narcóticas, termino la rutinaria existencia de cada uno de mis otoñales días. No me considero un friki del asunto éste de las historias minuciosamente troceadas en pequeños y a menudo insatisfactorios bocados, o, si lo prefieren, de las películas estiradas hasta la indecencia argumentativa; sin embargo, mi irrefrenable experiencia audiovisual me incita de vez en cuando a entrarle al trapo de la reflexión ante el espejo. Y creo haber dado con la clave oculta -invisible e inconsciente, como toda clave misteriosa que se precie- que rige y mueve este imparable impulso mío que tanto desasosiego me causa en los momentos, cada vez más escasos, de lucidez.

DESTELLOS DE INTELIGENCIA

              La parte positiva de este tormento socio-político-económico que nos toca vivir se plasma en la aparición de estupendos artículos que desperezan nuestra conciencia del horrible sueño. En el maravilloso blog "Zona crítica" hallamos ejemplos a raudales. Ahí les dejo, en préstamo, claro, el último de ellos. Es una delicia.

El relato de una horda sin cultura

por Cristina Fallarás

Somos palabras. Pensamos palabras. Nombramos las cosas y al nombrarlas existen en nosotros. Sentimos palabras. A veces lo llamamos escalofrío, pero sabemos que no es exactamente un escalofrío, sino una sacudida, y solo cuando encontramos la palabra sacudida sabemos qué es y qué sentimos. Podemos no pensarlo, no preocuparnos por qué es lo que sentimos, y entonces somos menores, peores y más pobres.

Esto pienso cuando el Gobierno dice “relato”, cuando Núñez Feijóo dice “relato” definiendo lo que les falta –entre otro monumental montón de cosas— a Rajoy y a su banda. Aunque lo llamamos banda para no molestar, sabemos que son horda.

Ellos, los de la horda que nos azota, ni tienen relato ni saben lo que es, y precisamente esa es la razón por la que van recortando nuestro espacio para la educación y nuestro espacio para la cultura. Porque no tienen ni pajolera idea, ni la tendrán. Ellos piensan que la cultura es el espectáculo de un perezoso muerto de hambre después de una cena en el centro, una película de Tom Cruise durante la siesta, la canción de un pesado con mosca, cosas que no molesten demasiado, elaboradas y representadas por personas que prefieren no tomarse la vida en serio. Las hordas oyen cultura y ven a García Lorca, sienten un vómito y en seguida mientan a Garzón.

A veces lo llamamos desaliento, pero sabemos que no es exactamente desaliento lo que provoca esta horda que padecemos en el poder, sino desmoralización.

Ellos, los de la horda que nos asuela, no tienen ni idea de que ninguno de nosotros seríamos –ni mejor, ni peor, simplemente no seríamos— sin la cultura. Ellos, los de la horda, no entienden que la cultura es el relato de lo que somos, que nos construye, que el sexo que practican como animalillos con temor de dios en sus tálamos fragantes de nada es cultura y sobre ella está construido; que el gesto displicente que sustituye a la puñada caníbal es cultura, y sin ella sería muerte; no saben que el amor que sienten por sus retoños manejados en colegios de a 2.000 el trimestre solo existe porque detrás reposa su relato, cultura.

A veces lo llamamos cabreo, pero sabemos que no es exactamente cabreo lo que despierta esta horda que padecemos en el poder, sino violencia.

Ellos, los de la horda que nos aniquila, ignoran que si desapareciera la cultura, eso que no conocen pero sobre lo que, aunque parezca mentira, ellos mismos se sostienen, se mirarían al espejo e intentarían arañar la cara del que tienen delante, sin darse cuenta de que ni garras les quedan. Ellos, pobres, ignoran que ese relato, ese que rechazan, fruto de cultura sobre cultura, es el que nos permite no levantarnos y devorarles como bestias y pegarles fuego. Y también es el que nos permite respirar en la certeza de que lo suyo ni permanece ni transciende. De que lo suyo es miseria. Y que no hay nada nuevo ni original en nada de lo que suceda, hagan o sufran, que todo está ya contado. ¿Cómo saber eso sin un libro en la memoria?

A veces lo llamamos educación, pero sabemos que no es exactamente educación lo que pretende imponer esta horda que padecemos en el poder, sino adiestramiento.

       Ah, el relato, y las palabras. Lo que somos.





LA SÁBANA DE CASPER



               Tanto la literatura como el cine nos han ofrecido magníficas muestras de la presunta existencia de seres etéreos, almas en pena que vagan inquietas por los frondosos bosques de nuestra imaginación. Tienen mil nombres, según cada tradición y cultura, o según el grado de escrúpulo de quien los teme y, en voz baja, los menciona: hay fantasmas, trasgos, meigas, aparecidos, espíritus, lémures, manes, y así hasta el infinito. Lo malo de esos espectros es que, una vez abandonan el ámbito del papel o el celuloide y se entrometen en nuestra vida diaria, su presencia se vuelve un insufrible suplicio pues nos los encontramos en las noches más tenebrosas y en los sueños más inquietos. No digamos si se dejan caer por el mundo de la política. Entonces ya se nos aparecen por todas las esquinas, en cada telediario, página web u hoja de periódico, se apoderan de todos nuestros pensamientos, someten cada neurona que portamos y devoran hasta la última brizna de lo que el genial Tolkien dio en llamar el humus de nuestra memoria. Unos coñazos insoportables, vaya.

CHAUVINISMO


            Les dejo cinco minutos de recalcitrante chauvinismo. Jugoso y recomendable. Mas si desean un motivo mejor que ése (miles habrá, sin duda) para completar la lectura, allá van dos: las verdades, cuanto más colosales, mejor; y, ¿no haríamos bien en cambiar, así a pelo, a este hombre por el busto inútil que le besa los juanetes a la teutona?


Miguel Ángel Revilla, político, escritor y economista

  

"Me he jurado no callar hasta que muera"

      

          Es un fenómeno mediático. Habla de economía, se le entiende y ofrece alternativas a la política de recortes del Estado del Bienestar. El sábado presenta en la Feria del Libro de León ‘Nadie es más que nadie’, del que ha vendido más de 125.000 ejemplares, y ha pedido un micrófono para poder hablar 45 minutos. Anuncia que soltará un cartucho de dinamita. Cree que Rajoy tiene los días contados...


—¿Cómo se siente siendo autor de un ‘bestseller’?
—Ha sido la gran sorpresa de mi vida. Me llevé un disgusto en las últimas elecciones, cuando mi partido, con un 30% de los votos, fue barrido por el tsunami del PP, que me relevó de ser presidente. No habría escrito el libro siendo presidente, porque no tienes libertad, tienes que hacer la pelota a gente impresentable, como Pepiño Blanco, para que den obras para Cantabria. El libro lo escribí en 22 días y lo envié a la editorial escrito a boli. Como tengo 70 años y soy hijo de maestra, tengo buena caligrafía.
—¿Cuál es la clave del éxito del libro?
—Lleva 24 semanas siendo el más vendido. Sacamos ahora la 19 edición, lo que quiere decir que se han vendido 125.000 ejemplares. Me di cuenta de que iba a gustar porque es un libro imprescindible para que al que lo lea no le engañen. Es una vacuna contra las mentiras.
—¿Por qué le llega a la gente?
—Explico cómo es la condición humana. No somos ni totalmente buenos ni malos. Hay un componente de egoísmo y también de solidaridad. Es un testimonio personal. Nací a 2.000 metros de altura en Peñalabra. Hasta los 11 años no bajé a Santander, ni vi el mar ni comí un plátano. Sin ser militante del PSOE y del PP llegué a la presidencia de Cantabria. Con esfuerzo se puede conseguir casi todo si tienes firmeza.
—Trabajando honradamente no se puede hacer fortuna...
—Ser feliz no es caro. He ganado mucho dinero, pero no me interesa. Quiero una vida digna. No tengo más aspiración.
—¿Sus colegas de la política le tienen envidia?
—Me miran con recelo y desprecio. Soy un bicho raro. No soporto a los chulos. Nadie es más que nadie. No bajo la nariz ni ante el Rey. Intento que la gente no se humille. Siento aversión por los cobardes, los que tragan sin necesidad.