PLAGIANDO AL TITANIC



                La belleza encerrada en la tragedia del Titanic no tiene nada que ver, como ha pretendido dar a entender el mundo del cine, con románticas historias de amor que prosperan en paralelo con la zozobra, sino más bien con el legado mítico o legendario que la propia historia del hundimiento ha dejado para la posteridad. Resulta maravilloso contemplar cómo aquel suceso de magnitud gigantesca quedó embebido en nuestro atávico interior, atrapado en el ámbar del subconsciente, siquiera en forma de eterno recuerdo de la fragilidad que se esconde tras la soberbia, además de como figura retórica a la hora de definir catástrofes de gran magnitud. La memoria del Titanic ha encontrado su reposo junto a los grandes mitos del lenguaje figurado: el Rubicón de César, el infierno de Dante, o el caballo de Espartero (que en esto de crear mitología chusca, los españolitos siempre fuimos muy nuestros). Así pues, cada vez que un coloso sucumbe, ya en el mundo de las finanzas, ya en el del deporte, ya en cualquiera de los muchos ámbitos de la vida, regresa a nuestros labios el episodio de aquel naufragio, el colapso de aquellos cientos de miles de toneladas de chatarra y los muchos centenares de animales que solazaban en su interior. Lo más feo del episodio fue, como sin duda ustedes habrán dado ya en pensar, el asuntillo aquel, fruslería sin importancia, de los botes salvavidas y su macabro ritual de clasificación y derechos. Minucias de poca monta en el maremágnum de una hermosa y catastrófica parte de nuestra historia presuntamente humana. Unos meros pelillos a la mar.

MISERABLES



    Grande ha resultado mi alivio cuando el diccionario online de la RAE me ha devuelto, en la búsqueda por el significado de la palabra miserable, la acepción mezquino. Aunque siempre me había mantenido firme en la convicción de que tal definición se ajustaba al término en cuestión, no terminaba de tenerlas todas conmigo, quizá porque en este asunto del vocabulario siempre he sido un espíritu libre que ha confiado más en la intuición y la experiencia como los mejores diccionarios; especialmente en el apartado de los adjetivos, para cuyas acepciones me he arrimado más a la imaginación, desdeñando los gruesos y aburridos tomos de la RAE.

EL PREMIO (CAE) GORDO

                        Nunca antes había reparado en ello (ya saben que quienes somos lerdos necesitamos casi una vida para enterarnos de las cosas), pero he de reconocer que el inventor de los premios sabía muy bien lo que se hacía. Y es que más allá, apenas un paso, del mero hecho de otorgar y recibir un galardón (con una sola ele, no vayan a pensar ustedes mal), la adjudicación de un premio contiene la magia invisible de poner a cada cual en su sitio: a quien lo convoca, a quien lo adjudica, a quien lo entrega, a quien lo recibe y, por supuesto, a quien se ve impelido a opinar al respecto. Estos últimos, también conocidos como bocazas, suelen acabar como los peor retratados ya que acostumbran a darse por aludidos, generalmente sin acreditación alguna, y quedan ridiculizados en flagrante evidencia por su propia torpeza a la hora de dominar el arte del silencio. De hecho, rara vez aciertan a entender que en este tipo de lides, como en cualquier competición deportiva, existe un protocolo de etiqueta y deportividad, un fairplay que demanda, como norma de conducta habitual, la felicitación al vencedor, y como mínimo, caso de no estar de acuerdo con el resultado final, un silencio que ya constituye, en sí mismo, una dosis suficiente de elocuencia. Volviendo al camino inicial, una vez hecho público el veredicto, todos acaban exacta e inexorablemente donde concierne por mor de alguna extraña mecánica celeste aún por desentrañar.

CIENCIA FICCIÓN

           Nada más cierto que la famosa frase la realidad siempre supera a la ficción. En el mundo de la ciencia sobre todo. Les dejo un maravilloso artículo de uno de los muchos docentes que penan la miserable existencia de la enseñanza en lo que antes era este país y ahora es el cortijo de unos señoritos. Es tan crudo el relato que cualquier comentario por mi parte resultaría de pésimo gusto.

Una puta mierda

                          No es un alumno más. Este es el segundo año que le he dado clase y en estos dos cursos no ha faltado ni un solo día. Participa en todas las actividades programadas en el aula con un interés que pocas veces he visto en mis más de quince años de experiencia docente. Pregunta, discute, debate… pero siempre desde el respeto hacia el profesor y hacia sus compañeros.
                     A la hora de los exámenes lucha como el que más por sacar la máxima nota de la clase. No, no hablo de una buena nota… sino de la mejor nota. Suele lograrlo pero cuando no lo consigue sube al departamento a revisar su examen. Lo hace con educación, sin pretextos y solamente para saber cuáles han sido sus fallos. Los ve, los anota y se vuelve contrariado. Hace un año se quedó en puertas de la matrícula de honor de mi asignatura pero otro compañero hizo más méritos. Se fue de la revisión con los ojos enrojecidos y cuando le pregunte el porqué de su actitud no quiso contestarme. No lo entendí, el sobresaliente que había obtenido era muy meritorio, pero lo dejé marchar.

LAS FRASES DE HEMINGWAY



             En dos tardes, que es como dicen que se deben hacer las cuentas de los dineros patrios y ventilar las lecturas de cabecera, y entregado como siempre -diríase que nací para ello- a los encantos de su prosa aparentemente simple, pero contundente, como un mazo que sacude inmisericorde las profundidades del alma, acabo de releer (en inglés, claro) al viejo Hemingway, ejemplo inigualable de la existencia en los extremos del vitalismo exacerbado y la depresión subyugante. Ha vuelto a sobrecogerme el final desgarrador de su Adiós a las Armas, con aquella última frase (…y regresé al hotel bajo la lluvia...) compendio de la esencia misma de la derrota más cruel. Me ha emocionado de nuevo su obra póstuma Al romper el alba, plena de una quietud semejante a la calma que precede a toda tormenta, paradigma y oráculo de aquello en lo que iba a convertirse su existencia personal, el último capítulo de la novela de su propia vida. He vuelto a llorar con aquel viejo pescador que soñaba con leones, al que -inútil porfía- los tiburones le despojan de su pieza más codiciada, de su gloria más ansiada, de sí mismo, en definitiva, y he sentido cada rayo de sol, cada embate del mar en la cubierta de este cascarón, más que barco, en el que se mece mi entendimiento. 

JASON BOLAND AL RESCATE



           Quizá la mejor noticia de este mes de mayo que se me acaba de escapar por el desagüe de la existencia sea la aparición del álbum Dark and Dirty Mile de la banda Jason Boland & The Stragglers. Después de haberme quedado literalmente atónito al escuchar su anterior trabajo, Rancho Alto, suponía que este joven, y peculiar, cantante y compositor (nativo de Oklahoma, pero afincado en Texas) ya no podría superarse a sí mismo nunca más. Y, como me pasa siempre que hablo de los genios, me equivoqué de medio a medio.