EL ESTADO SOY YO



        El estado de derecho no se somete a chantaje. O, si leemos entre líneas, a mí nadie me toca las narices. Y el tío se queda tan ancho, crédulo, sin duda, de que los ciudadanos somos memos de baba. Bueno, algunos sí que lo son.

       Con esa frase grandilocuente y su subrepticia interpretación, el individuo que se cree presidente del gobierno patrio pretende despacharnos, así, sin más, ante la declaración de un botarate que, habiendo conocido, gestionado y diseñado las cuentas del partido que sustenta el poder, se empeña en demostrar que todo hijo de vecino cobró pastizales en sobres. Lo que no puede evitar el señor presidente es que las mentes más refractarias al siseo hipnótico de la serpiente (¿se acuerdan de El Libro de la Selva?) se den cuenta de dos cosas: la primera, que al reo, por muy rufián que se le considere, le asiste el derecho de la veracidad, máxime habiendo sido quien fue y manejado lo que manejó, y que no podemos tener por ético el planteamiento de que Bárcenas sea una bella persona en silencio y un truhán largando por esa boquita. Hipocresías, las justas, y que cada palo aguante, pues, su vela, especialmente si las manos están sucias. La segunda de ellas toca nervios sensibles y, en consecuencia, se antoja más delicada: el presidente no es, ni puede creerse, bajo ningún concepto, el estado de derecho, so pena de incurrir en prácticas propias de tipos tan despreciables y trasnochados como Luis XIV y similares. Y de ahí a la toma de la Bastilla, como dice la Historia, no hubo ni dos telediarios. El caso es que, a mayor abundamiento, el ínclito Rajoy hace tiempo olvidó la parte más sagrada del cumplimiento responsable y dejó de ejercer la representación del tal estado de derecho. Ocurrió precisamente en el mismo instante en el que escogió la vía de supresión de los derechos ciudadanos como presunta estrategia para salir de una crisis que, ahora más que nunca, ya es una estafa a gran escala.

SONADOS



           Llevo tiempo, demasiado, supongo, intentando hacer comprender a algunos miembros del ejército de los abducidos la ya insoslayable perspectiva de un gobierno absolutamente indeseable, ebrio de dinero ajeno y adicto sin remedio al innoble afán de gobernar en contra de los intereses de la mayoría. Negro panorama donde los haya. Mas todo intento resulta vano y muere ahogado, lejos, muy lejos de la orilla. Casi todos ellos resisten cerriles, parapetados tras las trincheras de la obcecación, repitiéndose, repitiéndome, irreflexivamente y como poseídos por alguna suerte de mantra que les susurra desde los tugurios de su oscura mente, la misma excusa machacona, el mismo latiguillo antizapateriano que ya hiede por su marchita caducidad. Inevitablemente, me recuerdan a aquel boxeador que artificialmente fabricó el régimen franquista y que durante algún tiempo obtuvo cierta fama, obligando a buena parte de los españolitos a verle tortearse con otros brutos animales en la pequeña pantalla, posiblemente para que intentáramos sacudirnos el complejo de debilidad que tanto nos acuciaba por entonces. Urtain se llamaba. Cuando a aquel pobre diablo le sobrevino su sanmartín deportivo, concluyó su periplo vital deambulando por esa miríada de laberínticas calles que diseñan la ciudad del fracaso humano, hasta dar con sus baqueteados huesos en el fondo menos agraciado del pozo laboral: portero de discoteca de mala nota. 

EL DIFÍCIL CAMINO DE REGRESO



          Regreso de un largo y agitado viaje a las profundas simas del interior, a esos recónditos escondrijos en los que el alma y la mente acostumbran, en cómplice sociedad, a perpetrar sus diabluras y a elaborar sus traviesas estrategias de dominio sobre estos retales de material vomitado por las estrellas en que la evolución nos ha venido convirtiendo. Y aunque hace tiempo que mi viejo amigo Dante me enseñó que hay ciertos abismos a los que es aconsejable no asomarse, apenas consigo resistirme, de vez en vez, a la tentación de una suculenta huida hasta el kernel del espíritu, hacia una tierra mil veces prometida y otras tantas evitada, en pos del imaginario reino de los sentimientos, especialmente de aquellos engendrados en el ejercicio de la lectura: para mí, sin duda alguna, los más nobles, la crême de la crême, el cuerpo de élite de nuestra fuerza de choque vital. Quien necesita la lectura hasta para desayunar, aunque solo sea en forma de folletos con las ofertas del supermercado, acaba por rendirse a la esclavitud de la adicción. Y de eso quien les habla (y fustiga) anda sobrado últimamente.

EL HONOR



                 A duras penas superado el soponcio inicial producido por una pesadilla horrible, por la abominable imagen de la sin par dulcinea despojándose de sus atuendos a lo Kim Bassinger en 9 semanas y media (¿o lo del estriptis era otra cosa? ¡Anda! ¡A ver si he metido la pata con la foto!), uno pasa a preguntarse por las posibles consecuencias y moralejas del enchironamiento del tesorero trincón. Especialmente por las positivas, acaso por aquello de a mal tiempo… En ese preciso instante asoma por los entresijos de la sesera, burlón, el recuerdo de las viejas películas japonesas de samuráis que veíamos siendo niños. Que no eran muchas, por cierto. Películas en blanco y negro, sin banda sonora y sin apenas diálogos, plagadas de actores con trajes raros que jamás reían y paisajes demasiado artificiales. Cintas cuya dimensión estética y cultural excedía por completo nuestra comprensión y que básicamente giraban en torno a dos temas fundamentales: la guerra y el honor. Y ahí, en el asuntillo del honor, es donde entra en acción el verdadero protagonista de aquellas historias niponas, el punto álgido, clímax le llaman, del que toda buena película que se precie jamás habría de carecer, el final más honorable que se recuerda en la cultura del sol naciente: el harakiri.