EL VERANITO



          Desde que me metí en este asunto de la filología tuve bien claro que la lengua, el instrumento con el que acostumbramos a comunicarnos, es una entidad viva, en constante movimiento, regida únicamente por el azar caprichoso en el que se basa la voluntad fonética y semántica de quienes la utilizan. También la evolución darwiniana tiene algo que decir en el devenir de los lenguajes, de tal modo que muchos millones de conatos de expresiones han de morir en el intento para que algún uso, vocablo o modismo acabe cuajando y abriéndose camino, a través de los siglos, en el difícil elenco comunicativo. Y todo ello bajo la ineludible premisa del consenso silencioso, tácito y hasta involuntario no ya de uno, sino de millones de hablantes que son quienes finalmente acabarán adoptando la nueva expresión. Todo un milagro existencial que nunca ha dejado de maravillarme.

WHISTLEBLOWERS (y II)

          Por muy popular que en las sociedades anglosajonas resulte el asunto ese de tocar el silbato delator, no seré yo quien solicite y/o rellene uno de esos formularios para denunciar sospechas. Y ello por un sinfín de razones, tantas como trabajadores necesitados de cualquier miserable sueldo haya en este país, currantes de esos a los que la asfixia impositiva no dejaría subsistir. No, en modo alguno enarbolaré la bandera de semejante traición. ¿Qué puedo argumentar al respecto? No sé, quizá que en un estado en el que se promueven amnistías fiscales y leyes blanditas para que los grandes defraudadores fiscales puedan seguir haciendo de las suyas y en el que se menosprecia judicialmente (dejándole en libertad) a un suculento pez como el chino aquel que ayudó a centenares de empresarios a evadir toneladas de impuestos; en un país en el que los políticos interpretan el papel de golfos apandadores con una fruición propia de aspirante al oscar hollywoodiense y trincan desvergonzadamente en a, b, c, o z, carretadas de sobres marrones llenos de fajos; en un lugar en donde la inmensa mayoría de los chorizos visten traje y corbata y mutuamente se protegen al modo hampuno, y se van de rositas con su botín intacto, donde muchos ciudadanos pasan hambre y penurias y donde se rescatan bancos a golpe de latigazo oficial y saqueo de la soldada; en un estado, en definitiva, corrompido hasta las trancas por una pandilla de sátrapas avariciosos, que una ministra mística e impresentable nos proponga el ejercicio de siembra de la cizaña como solución a los problemas que ni ella ni sus jefes son capaces de atajar constituye, amén de una desfachatez mayúscula, un insulto desproporcionado que debemos rechazar por obsceno e inmoral. Si es que aún nos queda un mínimo de dignidad allá dentro, donde quiera que se guarden tales tesoros.

WHISTLEBLOWERS (I)



                         En inglés, Whistleblower significa literalmente el que hace sonar el silbato, y es un término anglosajón, forjado en la imagen de los policías y marineros que utilizaban dicho instrumento para pedir ayuda o poner en alerta a la ciudadanía ante algún atropello ocurrido en plena calle. Actualmente whistleblower es una etiqueta con la que, en las sociedades de habla inglesa, se denomina al chivato. Pero no hablamos de un acusica cualquiera, de esos de medio pelo, un chavalete que delata a otro para que el profe no le castigue a él. No, nada de eso. En realidad, estamos hablando del chivato oficial, un título establecido por ley que designa a cualquier ciudadano que, espoleado por la orwelliana vocecilla gubernamental y megaconcienciado no sólo con su cumplimiento como miembro de una sociedad, sino especialmente con la farragosa tarea de apuntar, y emboscado en un anonimato garantizado, arroja su índice hacia quienes, en su particular y subjetiva opinión, no cumplen con sus obligaciones sociales. La idea no es nueva, ni mucho menos. Ya en 1778 se establecieron leyes en Norteamérica para proteger a los whistleblowers y fomentar su actuación, a la espera del enorme rédito que podría suponer al gobierno yanqui la inestimable ayuda de los miles de topos que, de súbito, fueron creados con la mera puesta en acción de una idea tan brillante como oscura: cada ciudadano se había convertido en un vigilante.

LA NÁUSEA

Otro excelente artículo de ese blog cada día más imprescindible que se llama Zona Crítica. Lo escribe Javier Gallego y se lo dejo enterito, pues he sido incapaz de recortar una sola línea. Tal es el calibre de las verdades que nos ofrece.

(Inicio de la cita)“La náusea”, Jean Paul Sartre: La verdad es que no puedo soltar la pluma; creo que voy a tener la Náusea y mi impresión es que la retardo escribiendo. Entonces escribo lo que me pasa por la cabeza:
La cara de Rajoy, esa cara tan grande que solo le cabe en una tele de plasma, mirándonos con la inocencia de un niño que no ha roto un plato y la tristeza de un hombre que ha sido traicionado por su mejor amigo, su amiguito del alma. La caraplasma, la cara dura como pedernal del presidente, que no nos pide perdón sino comprensión porque él no solo es inocente, inocente sino que además es la víctima. Esa jeta que nos pone ojitos para decirnos en tono melodramático: “Me he equivocado”. El presidente de la nación dice que se ha equivocado y sus acólitos estallan en un aplauso cerrado, cerril, en lugar de bajar la cabeza arrepentidos. Bravos, vivas y olés cuando termina la comedia.
La jauría aúlla. Ruge la marabunta. La misma marabunta que sale a contarse las vacaciones en el turno de palabra de los partidos minoritarios en el pleno extraordinario más tenso y crucial de la legislatura. La misma marabunta que gritó “que se jodan” a los parados cuando les recortaron el cuello, llama ahora “canalla” a gritos al portavoz de la Izquierda Plural. A ellos la pluralidad se la pela. Los parados se la pelan. Confunden la mayoría absoluta con la absoluta chulería. Como no necesitan a nadie para gobernar, no gobiernan para nadie más que para sí mismos. No se escuchan más que a sí mismos. Por eso Rajoy charlotea y se ríe mientras le hacen las preguntas y reproches que la ciudadanía quiere hacerle. A Soraya también se le contagia la risita. ¿De qué se ríen? Pues de nosotros, de qué se van a reír.
En la tribuna de invitados Rita Barberá también se ríe agarrada a un bolso de marca como los que le regalaba la Gürtel. Se ríen las hienas. A su lado Cospedal también sonríe como si todo fuera un chiste. Lo es para ella. Para ellos, lo es. Por eso se ríe también Marhuenda en La Sexta. Se ríe mientras dice con indisimulada arrogancia que el PP volverá a ganar las elecciones, que tendremos que tragarnos nuestras palabras y nuestra rabia otros seis años y medio más porque su líder y amiguito del alma, Don Mariano, ha vencido en el debate. También lo dice la portada de ABC aunque para demostrarlo “manipula y tergiversa” los datos de una encuestilla tan barata como el periodismo partidista y servil al que se ha entregado. Que la realidad no te estropee un titular. Los que dirigen el medio son la voz de su amo. Perros que ladran. Se ríen las hienas.
Se ríe Marhuenda una vez más, como el perro Risitas, por su ocurrente portada llamando al líder del PSOE, Rubalbárcenas. Jijijí y jajajá. Alfonso Rojo le ríe la gracia. Lo comentan todos los medios y es TT en twitter. Y claro, el señor Lara se parte de risa: Paquito el facha le da audiencia en su tele progre, lo peta en las redes y le vende su panfleto de derechas mientras hace propaganda al PP. Es para partirse el ojal. Paco miente más que habla pero hay que ver lo que nos hace reír. Qué gracioso el bufón del rey Mariano. Lo traemos para reírnos de él. Se ríe también la presentadora cuando Marhuenda dice que va a intentar ser objetivo. Yo tampoco puedo evitar reírme en casa pero se me congela la risa cuando me doy cuenta de que él se ríe más fuerte y se ríe aún más.
Se ríe cuando piensa en los miles de euros que se embolsa de tertulia en tertulia, amasando dinero con sus portaditas, inyectando veneno a un país enfermo y convirtiendo al periodismo en una farsa con la ayuda de algunos tertulianos feriantes a sueldo de partidos y de televisiones que les invitan una y otra vez para que den el espectáculo, para que hagan de la crisis un show. Viva el circo mediático, viva el frenopático. Viva el mal, viva el capital. Y jijijí y jajajá. ¿De qué se ríen? Los payasos de la tele ya no nos hacen reír, se ríen de nosotros.
Hasta hace nada me reía por no llorar pero ahora me llevan los demonios. No me hacen ni puñetera gracia porque hacen caja, hacen daño y hacen propaganda a costa de las preocupaciones y los dramas ajenos. Nos toman por tontos. ¿Lo somos? No lo sé pero la concentración de esta semana en Sol para pedir la dimisión de Rajoy apenas reunió a 300 personas. Cantaban el Grandola Vila Morena y otras viejas canciones revolucionarias y de izquierdas. Todo me pareció demasiado nostálgico. Como si no hubiera futuro. No puedo evitar sentirme triste y cansado. Estamos tan cansados. Tanto. Tan cansados que ya apenas reaccionamos cuando el gobierno da por perdidos 36.000 millones de los 52.000 que le dimos a la banca para rescatarla y que el PP nos aseguró que recuperaríamos con intereses. Una mentira más. Tantas que hemos perdido la cuenta. Tantas puñaladas que apenas sentimos una más. 
La doctrina del shock ha funcionado y ni pestañeamos porque uno de cada tres contratos firmados en julio sea un minijob, ni porque el FMI plantee a España una rebaja de sueldos de un 10%, ni porque Marruecos indulte a un pederasta español en respuesta a la petición de indultos que hizo el rey de España en su reciente visita al país vecino. Ni nos inmutamos cuando la Casa Real informa de que no se opondrá a este indulto ni cuando nos cuenta que la infanta desimputada se evade a Suiza. Como mucho le dedicamos unos tuits y una entrada en el FB. La náusea. Un vómito colectivo que nos tiene doblados. 
Entre arcadas alcanzo a pensar: la calle ya ha hecho lo que tenía que hacer que es protestar hasta el límite de sus fuerzas. ¿Dónde está la alternativa, dónde una opción de izquierdas que aúne sensibilidades diversas y dé respuestas rotundas y concretas a este desconcierto, a esta desafección y a este desconsuelo? Para mí esa es ahora la pregunta esencial a la que debemos dar respuesta pero de esto les hablaré en unos días, ahora no puedo seguir porque una inmensa repugnancia me invadió de improviso y la pluma se me cayó de los dedos escupiendo tinta. ¿Qué había pasado? ¿Tenía la Náusea? (Fin de la cita)
Sí. Siento náuseas. Y no es por el calor. 

Javier Gallego
 

LA SOCIEDAD PERCEBE

Después de una temporada a remojo en el Mediterráneo (aguas cada año más cálidas) y en absoluta desconexión del mundo cibernético (sí, afirmo rotundamente, se puese sobrevivir sin internet sin perder la felicidad) retomo brevemente (antes de mi mudanza a la orilla cantábrica) el mantenimiento del blog. Les dejo un magnífico artículo titulado "La sociedad percebe", publicado por Rosa María Artal en el blog Zona Crítica. Es un excelente análisis del patetismo galopante de nuestra sociedad.


No hay día que no escuche la idea en sus diferentes sinónimos: “Hay que aguantar”, “Para cómo está todo, mejor no me quejo”, “Es lo que toca”. El líder del movimiento percebe, Mariano Rajoy, añade al mismo comportamiento un matiz diferente debido a que él sí presenta su posición mejorada: “El que resiste, gana”. (…)

Si a Rajoy le guía un objetivo, su bienestar, no es así en el caso de gran parte de la ciudadanía que se limita a sufrir mansamente, esperando que dejen de batir las olas con tanta intensidad. Aquellos que se indignaban porque Zapatero bajó un 5% el sueldo de los funcionarios, congeló las pensiones y suprimió el cheque-bebé (que él había implantado), llevan año y medio “aguantando” cuanto les echan. Han visto crecer el número de parados, a muchos les ha tocado ese número en el bombo. La reducción de salarios y subsidios. Las podas a la sanidad o la educación. La ayuda a la dependencia… para otros. Se han encontrado en la calle por un desahucio mientras han contribuido a regalar a los bancos más de 26.000 millones de euros a fondo perdido durante el mandato del PP. Los repagos, la elevación descomunal de precios de casi todo. La amenaza a cuanto constituían sus seguridades. Y lo soportan. Con resignación. Y es distinto, radicalmente opuesto, el “resistir” de Rajoy defendiendo sus logros, que el “aguantar” mermas, padecerlas.

Es lo que toca”. Como si les hubiera sobrevenido una enfermedad virulenta que invalida. Tiene nombre: se llama neoliberalismo. E inoculadores con filiación completa. En este momento en España: Mariano Rajoy y todos los miembros del PP. Con parcelas anidadas como la de CiU en Cataluña. Con híbridos como el PSOE. Y también existen causas que la precipitan. Hábitos perniciosos que bajan las defensas y atoran el cuerpo propio y el social. La principal no pensar, no prever, no unir conceptos. Fiarse de opiniones interesadas. Guiarse por reacciones viscerales que no permiten calibrar el resultado de los actos que se llevan a cabo. (…)

El miedo a algo peor es el argumento básico que inmoviliza. Y por él se engullen mermas y atropellos que no se hubieran aceptado en momentos de mayor fortaleza. Y por él, parte de los españoles están dispuestos a suprimir prácticamente de su dieta las proteínas, por ejemplo, y alimentarse de pasta o arroz “porque tampoco está tan mal” y después a “rezar” porque no les toque el despido o una excesiva rebaja en el sueldo o la pensión, o la expulsión de su casa, o lo que sea. A causar estupor por su nivel de tragaderas. Y sabiendo que es a causa de un mal que no provocaron. Es más fácil, al parecer.  Vuelven a no usar su cabeza. A hacer dejación de su dignidad. Menos mal que este país presume de valentía. (…)

Estamos hablando de personas, no de anotaciones contables. Las que día a día vivimos el abrumador retroceso que nos han inferido y que no se revertirá en absoluto por este camino. Pero la consigna es “aguantar”, como el percebe. Como Rajoy o cualquiera de sus clones. Él, aferrado su poder  y a sus prebendas, resiste. Es un pulso. Con uno de los oponentes autoderrotado de antemano. ¿Quién “aguantará” más? ¿Y “aguantará” los mismos contratiempos? Por el momento, esta sociedad tiene lo que ha trabajado por merecer por acción u omisión: Rajoy. Hay grúas disponibles si uno no sabe cómo levantarse: se están oxidando por falta de manos suficientes.

Rosa María Artal