TIEMPO DE VEREDICTOS


La imputación de una infanta, junto con la abigarrada banda de presuntos defraudadores encabezada por su esposo, abre un proceso de reflexión social que no deberíamos pasar por alto si nos tenemos por ciudadanos medianamente civilizados. Otra cosa es que el título de ciudadanos lo queramos sólo para alardear de él ante los conductores (y sobre todo las conductoras) que no nos ceden la vía en los pasos de cebra, o para exhalar exabruptos en el fragor de las conversaciones taberneras.

              Después del enorme revuelo causado por la no menos grande respuesta social a la medieval proclamación de un nuevo rey, jaleado sin pausa ni rubor por los mismos hipócritas que se hacían de cruces cuando en Corea del Norte o en Siria el presidente le pasó el cargo a su hijo, llega la noticia bomba del procesamiento de un miembro de la realeza. Nadie piensa en Robespierre y su maravillosa máquina de poner orden, pero desde luego no parece el momento de quedarse mudo ante la presunta bellaquería, cuánto menos en estos tiempos oscuros y revueltos que vivimos, en esta espiral de sinrazón que se nos engulle cada mañana, náufragos como estamos de cualquier ayuda racional en una sociedad en la que paradójicamente, como nos ha dicho el nuevo monarca, caben todas las expresiones. Pues allá va la mía: es momento de veredictos y dimisiones.

              Veredicto popular sobre si un pueblo demasiado baqueteado por el enorme ejército de chorizos y botarates que no pertenecen a las clases media o baja sigue ostentando el sagrado derecho a decidir, a elegir un sistema de gobierno cuya salud debería estar certificada por el estado de derecho y la democracia dura y auténtica. Un litmus test, una prueba del algodón social en forma de referéndum, que para eso están este tipo de consultas. ¿Qué otra cosa si no es la democracia?

               Dimisiones de impresentables como un tal Pedro Horrach, a la postre fiscal anticorrupción, uno de los muchos representantes del gremio de los advenedizos entregados al poder, obediente ejecutor de la peor forma de vasallaje conocida (la de la traición a los débiles), quien en lugar de perseguir a los dueños de los 144.000 millones de euros españoles que se esconden en paraísos fiscales o a los defraudadores del agujero de 40.000 millones en el IRPF, dedica sus voces y esfuerzos a salir en defensa de la infanta imputada y a presentar recursos contra su procesamiento. Lamentable conducta, sin duda. Y tras su dimisión, procede exigir la de quien le aupó a tan elevado y delicado puesto al que ya no resulta merecedor, dada su probada y enérgica fiebre de actitud sumisa y defensa ciega hacia los más poderosos. En un estado de derecho el fiscal, durante su nombramiento, jura defender al conjunto del estado, no sólo a una parte del mismo. Y no basta con pronunciar el juramento, hay que ponerlo en práctica cada día para no defraudar la confianza que la ciudadanía tiene depositada en los funcionarios de alto rango.

                  Es pues tiempo de dimisiones con cargo al apartado de la higiene democrática, siquiera porque todo lo demás ya no es sino otra diapositiva en la larga exposición de estampas con la que se ilustra esta estafa social, ese timo de charlatanes trileros denominado crisis que no ha resultado ser sino un cambio profundo y radical en el sistema social, un regreso al capítulo más tenebroso del feudalismo, una vuelta de tuerca que a estas alturas de la vida se nos hace ya absolutamente insoportable.

EL TABÚ DEMOCRÁTICO

Cuando los asuntos mundanos devoran hasta el ocio mismo resulta difícil dedicarse a la reflexión, cuánto más al negro sobre blanco. Hay que conducirse, en esos momentos, por la vía del mantenimiento personal, siquiera en la forma de lectura reiterada más que nada para no perder las buenas costumbres y, por qué no decirlo, el (buen) juicio.
             De lo mejorcito recientemente leído es el artículo que reproduzco a continuación, escrito por un autor asiduo de estos pagos, en el que se vuelca una reflexión profunda y contundente sobre el estado de nuestra cada vez más falsa democracia. Tras haber sufrido la nave la pérdida de su pintura exterior, las cuadernas que habrían de mantener firme el casco comienzan a crujir. O mucho me equivoco, o se acercan tiempos oscuros. Confío, no obstante, en acabar resultando un penoso agorero.

Una democracia donde votar es tabú: si tan seguros están los monárquicos, ¿cuál es el miedo entonces a que se pueda votar?

 

 por Ignacio Escolar, 3/06/14

 

La ley está ahí desde 1978, pero solo se ha usado dos veces: con la OTAN y con esa Constitución europea que nunca entró en vigor. No se votó el rescate a la banca. No se votó la reforma exprés de la Constitución. No se deja votar a los catalanes y también es tabú para las élites políticas la sola idea de consultar a los españoles si prefieren (o no) que el jefe del Estado pueda dejar en herencia el cargo porque viene de la pata del Cid y tiene la sangre azul.
No vale solo argumentar que los españoles ya votamos la monarquía con la Constitución. Aquel modelo político se negoció y se aprobó bajo la amenaza explícita de los militares; como un paquete cerrado donde ese importante asunto quedaba fuera de la discusión. Más del 60% de los votantes de hoy no pudo votar esa Constitución y la sociedad ha cambiado enormemente desde 1978. Le debemos mucho a esa carta magna, pero el consenso de entonces no es el consenso de hoy. De ahí vienen estas prisas y que el relevo llegue por medio de una abdicación. Es sintomático que el Gobierno cierre la sucesión sin consultar a los españoles, sin aceptar preguntas, por la vía de urgencia y con un proyecto de ley de 28 palabras. No se puede hacer peor.