SOLO ERA UN ANUNCIO



     ¡Bienvenido a la república independiente de tu casa! Ese era el lema de una brillante campaña publicitaria emprendida por esa empresa que, según  el chascarrillo de un buen amigo mío, hace lapiceros y con la madera sobrante fabrica muebles. Para mí fue, sin duda, uno de los anuncios más impactantes que he tenido la fortuna de contemplar últimamente, no tanto por la estética visual de las imágenes allí plasmadas como por la carga de profundidad que se contenía en el mensaje en cuestión. Pretendía el anunciante, además de promocionar su producto, dejar claro que cada cual en su hogar hace y deshace a su antojo, resaltando la soberanía casera mediante el uso de esa ley no escrita que garantiza la inviolabilidad de la residencia propia. Aunque pudiera parecer revolucionario, el tema de la intimidad familiar y hogareña es asunto antiquísimo y, como botón de muestra alusivo a la idea que nos ocupa, uno de los más viejos y famosos dichos que encontramos en el refranero de la incipiente Inglaterra de principios de la edad media: a man’s home is his castle (mi casa es mi castillo).

TONTO EL QUE SE LO CREA


           Una de las bromas más infantiles (por aquello de que se llevan a cabo apenas habido uso de razón) que uno ha conocido es la famosa expresión “tonto el que lo lea”. Es de una simpleza tal que apabulla y previene la posibilidad de cualquier contraataque. A buen seguro muchos de ustedes la habrán visto pintarrajeada en el panel posterior de muchos cuartos de baño de uso público. Pues bien, hoy me ha venido a la cabeza la frasecita al comprobar que los dueños del mundo atacan de nuevo. Y he dado en concluir que resultaríamos unos auténticos pardillos si por un instante auspiciásemos la descabellada idea de que nuestros gobernantes, esos humildes servidores del pueblo, esos presuntos garantes de una quimérica sociedad justa y del utópico estado del bienestar, iban a renunciar a su privilegiada situación con cargo a una simple razón, por muy poderosa que la misma fuera, aún en forma de una obviedad tal que la mismísima voluntad de la ciudadanía. Nada de ello. Los maltratadores de la democracia, los violentos de género en esto del estado de derecho, se echan al monte de la locura, espumarajos en las comisuras de sus labios, en pos del convencimiento ajeno, ya por las buenas, ya por las burras, remedando la pose propia de quien ha sido sorprendido manos en la masa, con la pistola humeante y el cuerpo ajeno sangrante a sus pies, clamando furibundamente: se lo tenía merecido porque era un tal o un cual.

EL FINAL DE GHIGGIA



Recientemente he visto en una televisión de pago una entrevista (absolutamente recomendable) con el único jugador de fútbol uruguayo que queda vivo después de lo que el mundillo de la pelota dio en llamar el “maracanazo”. Sin duda ya habrán adivinado que me refiero a aquel partido final del Campeonato del Mundo de 1950 en el que la selección nacional de un pequeño país acunado sobre la cuenca del Río de La Plata derrotó, contra pronóstico y remontando un resultado adverso, a la gran potencia humana y futbolística de la zona, con el agravante de que el escarnio tuvo lugar en el feudo local de la más pasional de las aficiones futboleras que han existido jamás. Por aquel entonces, Brasil tenía 70 veces más población que Uruguay (hoy día las cifras son similares) y en cuanto al número de futbolistas la relación numérica era similar. El eterno retorno del cuento de David contra Goliath o de la lucha de Leónidas contra Jerjes. Por eso la hazaña de los Schiaffino, Máspoli, Obdulio Varela, Ghiggia y compañía fue al fútbol lo que la batalla de Termópilas a la historia: un hito inolvidable.

IL RE DEL MONDO



Según Kant (y aquí, sospecho, me estoy sumergiendo en aguas profundas y oscuras de las que pudiera no salir vivo), una de las principales perfecciones del conocimiento humano es la verdad.  La verdad, dice, consiste en el acuerdo del conocimiento con su objeto, en la conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente. En apariencia se trata de un axioma de una sencillez arrebatadora, por otra parte tan caro y conocido a nuestra condición de ciudadanos miembros de una sociedad civilizada que tomaríamos por un insulto de lo más personal cualquier porfía, dialéctica o implícita, por acción o por omisión, sobre esta regla de oro de nuestra convivencia.

Pues bien, cuando un presunto prohombre, supuesto gobernante e hipotético líder se manifiesta incapaz de asimilar una definición tan elemental como esa haciendo gala de la peor de las estulticias, debe resultar obligado a nuestra condición humana denunciar semejante atrocidad. Por supuesto que en el borde mismo de tan aterrador precipicio nuestro silencio se revelaría un cómplice necesario para la existencia de la peor de las maldades. Demostremos, pues, en qué bando militamos cada uno de nosotros.

CUATROS DE JULIO

We hold these truths to be self-evident, that all men are created equal…
Si hay una fecha curiosa en el calendario de los Estados Unidos, esa es, sin duda, el 4 de julio. Es el día en el que se celebra la efemérides más significativa de todo su almanaque: la onomástica de su independencia nacional. Esa gran correa de transmisión que es la industria cinematográfica nos ha hecho conocer el enorme orgullo con el que los ciudadanos norteamericanos conmemoran el alzamiento que allá por 1776 les permitió consumar su rebelión contra la metrópoli inglesa y, mediante la firma de la Declaración de Independencia, otorgarse un estatus como nación. Mal que bien todo el mundo sabe algo sobre dicho suceso y casi no pasa un año sin que los medios de comunicación dejen de hacer alguna mención al acontecimiento. Pero detrás del júbilo se esconde una parte muy triste de la historia de la nación americana, en realidad, uno de sus días más aciagos que no todos aciertan a recordar.

PARAISO PERDIDO



En España hay actualmente unos 150.000 políticos (probablemente más). De ellos, más de 300 se encuentran imputados por corrupción. Eso supone un 0,20% del total.
En el año 2012, en España había 510.000 profesores en la enseñanza pública. Ninguno de ellos está imputado por corrupción. En los dos últimos años el número se ha reducido en 24.000. Ello supone que se han suprimido un 4,80% de puestos docentes.
Un país que elimina profesores honrados a millares sin deshacerse de un solo político corrupto no merece llamarse a sí mismo país: perdió la condición de tal cuando decidió convertirse en un paraíso de delincuentes que caprichosamente se allanan el futuro a sí mismos.