LA PACIENTE ESPERA



             Siempre me ha mantenido subyugado una cuita de difícil esclarecimiento: ¿de dónde emana realmente nuestra inspiración? ¿Acaso de aquello que vemos? ¿Quizá de lo que oímos? ¿Tal vez de lo que vivimos? ¿Posiblemente de lo que imaginamos? 

He malgastado años enteros, toda una vida transitando por el inacabable desierto del desconocimiento hasta darme de bruces con la evidencia de que esos enormes y oscuros árboles que colmaban mi visión no eran sino el bosque mismo cuya existencia ignoraba y cuya comprensión tanto anhelaba. La paciente espera ha merecido la pena y el final del verano me ha traído la ansiada solución: somos todo cuanto nos rodea y estamos empapados de las sustancias de las que formamos parte. Así de simple; así de eficaz; así de humano.

 

EN LA POSTRERA LUZ DEL DÍA,
EL LAGO RESPLANDECIENTE


En la postrera luz del día, el lago resplandeciente al pie de la ciudad-palacio parecía un mar de oro fundido. Un viajero que pasara por allí al ponerse el sol -ese viajero, que pasaba por allí, ahora, por el camino a orillas del lago- acaso creyera estar acercándose al trono de un monarca tan fabulosamente rico que podía permitirse verter parte de sus tesoros en una gigantesca hondonada para encandilar y sobrecoger a sus invitados. y a pesar de su gran tamaño, el lago de oro debía de ser solo una gota extraída del mar de una fortuna mayor... ¡la imaginación del viajero no empezaba siquiera a abarcar la magnitud de ese océano madre! Y no había guardián alguno en la orilla del agua dorada.   
 Salman Rushdie, La encantadora de Florencia


Miles de veces he tenido la inmensa fortuna de ser ese viajero. ¿Por qué habré tardado tanto tiempo en percatarme de ello?