FIN DE CICLO


        Una alfombra persa de mil y una noches se dibujaba en la tarde sobre la hierba del parque, goteada en verdes y ocres, los vericuetos ocultos bajo un manto marrón. La presencia de aquel hermoso tapiz evocaba luces lejanas, orientales, más propias de mundos exóticos y legendarios que de una ciudad cualquiera. La travesura del otoño, brillante en su escena, macabra en su esencia, hacía sonar, con ecos de incipiente invierno, las pisadas del caminante mientras imaginaba un vasto Van Gogh ante sus ojos atónitos. Y mientras los viejos chopos parecían aplaudir al desnudarse de su dignidad veraniega, sabedores de que al humano ya no le resultaría necesaria su sombra, éste cavilaba, errabundo, al son de los bandazos del recuerdo, del oleaje imparable de la memoria. Y el eterno Delibes regresaba tenaz a la orilla, a la pesadilla del náufrago, como un terco aparecido, y en cada anciano sentado en los bancos se sustanciaba un Eloy, o un Isaías, incluso una Desi cómplice y melancólica, inmóviles a la espera de que en su cajetilla apareciera el presagio definitivo, la hoja roja.

De pronto, la tarde era ya vieja y sucinta, una niebla tenue, una forma aérea moldeada en el aliento de aquella hueste de mudos figurantes, el epílogo de un ciclo caduco y agonizante; y era vieja como el mar y las montañas, y en su aire flotaba el aroma sumiso de cuanto concluye, la fragancia del lapso consumido abrazando la oscuridad que se cierne.

        Todo fue silencio en el parque, tan profundo y espeso, tan tétrico que el roce de las hojas al llegar al suelo se volvía un estruendo, un suplicio, un adiós tras otro, una despedida triste e inacabable.

El coraje abandonó al caminante que, huérfano de arrojo, sucumbió a su espanto, sin hallar el valor necesario para enfrentar la vida y dejar correr sus lágrimas, temeroso porque, aun silenciosas mejilla abajo, al caer sobre la alfombra persa de mil y una noches romperían estrepitosamente aquel sosiego en el que tristemente languidecía la existencia.

DE MAJADEROS

        Un majadero que responde al nombre de Antonio Núñez, firma en Diario de León un artículo titulado Sopa boba en el que pone a escurrir (desconozco si perjudicado por la consumición previa de algún brebaje en mejor o peor estado) a los docentes que trabajamos en la enseñanza pública. Sin caer en la tentación (apenas resistible) de hacer un chiste facilón entre el adjetivo del título y el autor del bodrio, y dado que en mi caso la zafiedad ajena es incompatible con la indiferencia propia, me permito hacer constar que este tipo de sujetos, más que rabia, me producen lástima. Una profunda y melancólica hemorragia de lástima. La misma que inspira el beodo haciendo eses por las calles...
            Hasta aquí el contenido de la entrada que subí a facebook y que apenas constituía una breve reseña de la carta que finalmente he enviado al periódico en cuestión, medio al que me he permitido recordar la célebre frase de Benjamin Franklin, el auspiciador de la prensa moderna y autor de la expresión the fourth realm (el cuarto poder): un periódico no es una diligencia en la que puede subirse cualquiera con tal de pagar.
            El texto de la misiva, por si resultara de interés a algún osado ciudadano que haya tenido a mal leerse el articulito de marras, es el siguiente:

EL AGOTAMIENTO



                  Dice Wyoming en una entrevista que “en este país ser honrado es ser gilipollas; es mucho más cómodo ser un hijo de puta. Tienes la vida resuelta". Si uno de los tipos más clarividentes de cuantos nos rodean se ve obligado a decir algo así, debe ser porque sin duda las cosas están fatal. No es el único que piensa de ese modo. 
             De lo mejorcito esta semana en los medios online es un artículo titulado España me agota, me rindo, escrito por Antón Losada, cuyo contenido reproduzco a continuación. Les invito, si no supone excesiva intromisión, a considerar una breve reflexión sobre el mismo, siquiera para sus adentros, y a extraer, si oportuno lo vieren, las conclusiones pertinentes. La frase relativa al miedo es espeluznante…

Ustedes no sé, pero servidor no puede más. España me agota. He intentado seguir su ritmo, se lo juro. He tratado de no desfallecer, repetir día tras día los mismos argumentos a ver si alguien los escucha y seguir con paciencia miles de polémicas sobre asuntos banales como si fueran importantes, mientras las cuestiones realmente relevantes quedan sepultadas bajo el ruido y la furia. Es inútil. No se puede hacer nada.

Estoy agotado de vivir en un país donde el hecho de que la gente quiera votar se convierte en un problema dramático y la ley es utilizada para prohibir y proscribir derechos, no para garantizarlos. Igual que la policía es utilizada para escoltar a los que mandan y no para proteger a los ciudadanos de ellos. No puedo con esta discusión absurda entre legitimidad y legalidad repetida una y otra vez como si todos fuéramos Thomas Hobbes o Hans Kelsen.

Estoy agotado de vivir en un país donde ya no se habla de la crisis porque el Gobierno ha decidido darla por terminada. Si después de las elecciones descubrimos que no había acabado y sigue habiendo paro, pobreza, desigualdad y los más débiles continúan pagando las facturas de los más poderosos, será por culpa de Europa.

Cáritas ha dado las ultimas cifras, apenas escuchadas entre tanto alboroto. Más de dos millones y medio de personas atendidas en 2013, un 30% más que el año anterior. Apenas 73 millones de euros recibidos desde unas administraciones que cierran servicios sociales, recortan programas y desvían a la gente a Cáritas. Es la aportación más baja de los últimos cinco años. Ni derechos, ni caridad. En España se sufre, y punto.

Estoy agotado de vivir en un país donde se habla de política y de partidos políticos como Podemos igual que si hubiéramos vuelto a la Guerra Fría o a los días de la muerte de Franco. Todo es meter miedo, asustar, manipular y engañar para que la gente vote lo que le conviene a quienes tienen mucho que perder si el poder o la riqueza se reparten un poco.

Me recuerda a cuando de niño, en A Mariña de Lugo, durante las primeras elecciones democráticas, las fuerzas vivas iban por las cocinas de las casas avisando a la gente que si ganaba la izquierda les iban a quitar las vacas y el tractor. Alguno incluso se subió al monte con las suyas hasta que se supo quién había ganado. No puedo creerme que malgaste la mitad de mi tiempo escuchando y rebatiendo las mismas patrañas de hace cuarenta años.

Vivir en un país así de gris no merece ni la pena, ni el esfuerzo. Parece mentira que lo hayamos olvidado.