CRONISTAS DE LO OBVIO



       En la segunda época dorada de la selección nacional española de baloncesto había un magnífico jugador llamado Juan Antonio San Epifanio, aka Epi, que en esto de la canasta siempre fue un crack hasta que algún espabilado tuvo la ocurrencia de ponerlo a comentar partidos en la televisión. Fue abrir la boca el primer día y echar por tierra toda su enorme leyenda, en su caso, el de un tirador imparable, forjada a mandobles contra los más duros defensores italianos y yugoslavos de la época. Recuerdo a mi paisano, el inigualable Vicente Salaner, desde su magnífica columna de los lunes en El Mundo, dedicarle el nada elogioso apelativo de “cronista de lo obvio” cuando el bueno de Epi nos comentaba aquello de que Fulanito se la había pasado a Menganito y éste había metido un canastón desde la línea de tres puntos. Nadie pareció acertar a decirle a Epi que aquello no era la radio sino la televisión, y que detrás o a la par que sus comentarios había unas imágenes dotadas de la más feroz de las elocuencias. Dado que tampoco llegó a significarse por la profundidad de un buen análisis -de esos a los que suelen llamar de ojo clínico- sobre las causas por las que uno u otro de los equipos participantes iba ganando o perdiendo, resulta sencillo colegir que más pronto que tarde alguien acabaría etiquetándolo como un cronista de lo obvio.

LA LUZ MÁS ANTIGUA



Apenas asomo la vista al dorso de la última página del libro -página vacía, por supuesto, porque de todos es conocido que si el texto de una obra termina en una página con numeración impar, la siguiente aparece siempre en blanco (salvo en los casos en que la publicidad hace de las suyas)- cuando descubro, en absoluto sorprendido, que hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto con la lectura de una novela. Creo que desde que leí por segunda vez Adiós a las armas, del inigualable Hemingway, no había vuelto a releer una novela. Y donde digo releer, quiero decir leer dos, tres, cuatro si fuera necesario, veces el mismo capítulo, uno tras otro, hasta haber completado una ardua tarea de constante avance-retroceso en pos de una lectura con marchamo indeleble. De las que se quedan para siempre.

La obra en cuestión se titula Ancient Light, está firmada por el irlandés John Banville (un Dr Jekyll de la literatura actual con un ficticio Mr Hyde a cuestas, un alter ego con el pseudónimo de Benjamin Black) y en ella se relata la aventura amorosa del protagonista, en su época de edad adolescente, con la madre de su mejor amigo. Al hilo de tan truculenta historia se cobijan otras menores, como ciertos avatares, un punto rocambolescos, de su actual profesión de actor; en concreto el extraño viaje a Italia en compañía de una actriz de moda -un tanto desequilibrada a causa de la fama y la extravagancia- en busca del espíritu de su hija antaño muerta en extrañas circunstancias a orillas de la costa mediterránea.

Desconozco la calidad de las traducciones que las editoriales le habrán podido aplicar a tan brillante novela, pero no puedo dejar de recomendar su lectura a quien quiera disfrutar de un enorme y poderoso chute de sentimiento y ficción, a partes iguales y como el Martini de Bond, “shaken, not stirred” (agitado, no revuelto).

Insuperable ha resultado la escena de la llegada al hotel de la costa italiana del protagonista junto a su partenaire peliculera, la gran estrella hollywoodiense, Dawn Devonport:

The hotel was old and shabby and, inside, appeared to be of an all-over shade of brown-the carpet had the look of monkey-fur. Along with the usual whiff of drains-it came in wafts, at a fixed interval, as if rising out of ancient, rotting lungs-there was another smell, drily wistful, the smell, it might be, of last summer's sunshine trapped in corners and in crevices and gone to must. As we entered there was much bowing and beaming before the brisk and imperious advance of Dawn Devonport-public attention always bucks her up, as which of us, in our business, does it not? (…) How she managed to make her way through the lobby's crepuscular gloom with those sunglasses on I do not know-they are unsettlingly suggestive of an insect's evilly gleaming, prismatic eyes-but she crossed to the desk ahead of me at a rapid, crisply clicking pace and plonked her handbag down beside the nippled brass bell and took up a sideways pose, presenting her magnificent profile to the already undone fellow behind the counter in his jacket of rusty jet and his frayed white shirt. I wonder if these seemingly effortless effects that she pulls off have to be calculated anew each time, or are they finished and perfected by now, a part of her repertoire, her armoury? You must understand, I felt permanently as abject before the spectacle of her splendour as did the poor chap behind the desk-this absurdity, O heart, O troubled heart.

Pocos sabores más auténticos y afrodisíacos que el humor cínico, la acidez con que se impregna todo el redoble filosófico encerrado en la refinada expresión con la que Banville forra sus obras: al lector le resulta entonces obligado, diríase forzoso, volver atrás y repasar de nuevo cada pasaje, cada frase, cada chanza, para degustar la sabia elección del lugar exacto en el que tan meticulosamente han sido dispuestas las palabras. Es un juego, casi un reto, al que somos invitados por un autor travieso que nos engancha irremediablemente, del mismo modo en que esos veteranos actores del teatro nos someten con su firme dicción, su profunda fonética y sus ademanes tranquilos. He encontrado en cada línea un prodigio de laboriosa construcción gramatical en el que nada parece quedar fuera del lugar más apropiado, ni una coma, ni un artículo, ni un insignificante dash. Como su propio título indica, la más antigua luz te ilumina desde el comienzo y te obliga a maravillarte, sistemáticamente, con cada paso de página, por la belleza inmaterial de la literatura.

Supongo que no pasará mucho tiempo antes de que vuelva a leerla otra vez. Las obras maestras es lo que tienen: puedes abusar de su consumo de manera desaforada, te puedes colocar con su droga hasta el éxtasis, te puedes emborrachar de ellas cuanto quieras sin padecer efectos secundarios. La ventaja es que, a diferencia de ciertas ponzoñas, ni te acortan la vida ni te destrozan el cerebro. Y las resacas en forma de sueños terminan resultando formidables.