SOLEMNIDAD

         Pasmado me quedé, como el rey aquél de la famosa película, al escuchar la interpretación que la penosa cadena televisiva (Antena 3, por supuesto) hizo sobre la aparición del monarca Felipe en un impresionante salón durante el mensaje navideño. El locutor nos presentó la escena como solemne. Y digo yo, haciendo un chiste facilón, ¿por qué lo llaman solemne cuando quieren decir suntuoso? Presentar lo suntuoso como solemne cuando las cosas están tan mal para tantos constituye un ejercicio de cinismo mal calculado al alcance de muy pocos. Lo que ya no me cuadra tanto es el ejercicio de sumisión que los muchos habitantes de los pisitos de menos de 90 metros cuadrados ejercieron durante ese rato, aderezado el ademán con la correspondiente apertura bucal en señal de inequívoco asombro: pasmados quedaron ante el espectacular escenario y la suntuosidad regia. Otra faceta diferente del cinismo castizo. 
         
          Por fortuna, y a pesar de que me en mi condición de invitado en hogar ajeno me vi obligado a tener que escuchar el mensajito, en mi interior albergaba la ilusionante llama de que a esa misma hora, en un lugar de Madrid también muy simbólico, la señora Carmena andaba dando ejemplo de solemnidad moral (la que rige y preside los movimientos del alma) mientras acompañaba, sonriente, jamás severa, a un par de cientos de indigentes -pobres de solemnidad-, entregándoles un poco de dignidad gratuita en su cena navideña; la misma dignidad que a sí mismos se negaron los que boquiabiertos asintieron a cada énfasis verbal de un individuo con cargo no electo sentado en un trono. Y ajeno, por completo y por supuesto, a toda la miseria moral y social en que se ahoga el que dice ser su país. 
             
            No resulta difícil traer a la memoria la chanza del genial Groucho, cuando, en el intento de venderle un imposible a aquella indecisa señora, le espetaba su incongruente estratagema: “a quién va usted a creer señora, ¿a mí o a sus propios ojos?” Ni que decir tiene que seguimos rodeados de muchos (contados por millones) recalcitrantes traidores de su propia percepción, aquellos que siguen creyendo lo que se les dice antes que lo se les muestra, los mismos que buscarán cualquier excusa, por cochambrosa que resulte, para no tener que elegir entre escenas tan disparatadamente distantes. Entre la suntuosidad de lo irreal y la solemnidad de lo más humano. Entre Felipe y Carmena, vaya.
        
              ¿Qué quieren que les diga, imaginarios lectores? Que profundamente adoro la vida, simplemente porque se ha adaptado a la evolución de nuestro cerebro y constantemente anda retándonos con la superación de situaciones que cada vez se antojan más complejas; porque, a mi entender, la naturaleza no carece de cierto sentido del humor y de cuando en cuando acude provocadora en demanda del esperpento de nuestra incongruencia, dejando al descubierto las flaquezas incluso de los que creemos más preparados. 
      
         Sin embargo, en este mi cada vez menos moderado pesimismo, albergo una cuita inquietante, rayana en el pasmo: que la historia no miente y pocas veces falla. Y que por eso mismo nos cuenta, capítulo tras capítulo, que así, con éste abismo existencial entre los poderosos y los inopes, jalonado con la indiferencia de los apocados, empezaron muchas revoluciones. Pero no se preocupen los temerosos, porque si aquí sucediera la revuelta, la culpa sería, cómo no, de los desarrapados. Jamás de los palaciegos.

1 comentario:

  1. Si es que la culpa es siempre de los mismos ¿Quién les mandaba nacer pobres?
    Por cierto, aprovecho para felicitarte también por tu anterior post y, cómo no, para desearte un feliz 2016. Un abrazo.

    ResponderEliminar

Muchas gracias por tu aportación.