Vivimos. ¿Vivimos?


                    Vivimos en una sociedad tan cruel e injusta, tan llena de majaderos y gentes despreciables, que hasta para merecer un honor hace falta ser un delincuente. Para comprender una aseveración como esa, fuerte, pero a la par obvia, basta con poner en los platillos de la balanza la historia y el tratamiento social de un par de crímenes. Dos cualquiera. Por ejemplo, el homicidio de una política inmersa en casos de corrupción y el asesinato de un profesor de instituto. El fiel de la balanza se inclinará convenientemente no en función del peso real de cada delito sino a capricho de la jaez moral de cada opinador. Y de tal guisa nos lucen los colores.

CUANDO LOS DIOSES...

Cuando los dioses quieren destruir un pedazo de una civilización nos envían plagas y calamidades. Pero cuando, en su caprichosa volubilidad, ansían arrasar la humanidad entera hasta la extinción total, entonces, sólo entonces, las envían a ellas. ¿Para qué ensuciarse las manos?