LA HONESTIDAD



¿Resulta honesto que nuestros gobernantes, por sistema, dejen pasar tres años sin acometer las obras necesarias, sin tomar las medidas ineludibles que precisa el bienestar de los ciudadanos, y que ahora vengan a prometer que las llevarán a cabo si antes, y a cambio, depositamos en una urna un voto con determinadas siglas? ¿Eso es honestidad, bueno, una particular interpretación de dicho término, o el ejercicio de un simple y burdo chantaje?

En función de nuestra respuesta a tan sencilla pregunta planteémonos nuestras intenciones y, especialmente, nuestra actitud; sintámonos cómplices necesarios de cualquiera de ambas soluciones, bien dejándonos engañar (aunque sólo lo justo) por esta estrategia de un gran año después de un penoso trienio, bien dando carta de naturaleza a la extorsión más sibilina.

Aunque quizá antes de nada necesitemos preguntarnos una cosa más: ¿hasta qué punto estaba, o no, minuciosamente calculada la travesía de un desierto de penurias y el hallazgo de un esplendoroso oasis justo en este momento? ¿Ha sido todo esto el resultado de un plan meticulosamente pergeñado y quirúrgicamente ejecutado? Desentrañar este nudo gordiano nos ayudará sobremanera llegada la hora de dilucidar.

Desde el respeto, fundamentalmente hacia nosotros mismos, decidamos, porque al fin y al cabo de eso trata toda nuestra existencia, de tomar decisiones. Y, por extensión, de apechugar con las consecuencias. Y, por supuesto, cumplamos con la consuetudinaria obligación de rendir tributo y pleitesía a nuestra diosa honestidad, la única divinidad capaz de solucionar todos los males, esa cualidad tan exageradamente cara que no es posible auspiciar entre la gente barata.

Por cierto, absténganse de sucumbir a cualquier humana reflexión aquellos quienes se humillan a sí mismos pensando que un simple voto no vale nada o que no es posible escapar del statu quo, pues por bien sabido hemos de tener que la libertad, en la dosis que sea, demanda de nuestro más firme coraje.