CINE NEGRO EN LA SALA EUROPA



          En la sala Europa proyectan una de cine negro. El argumento es recurrente y poco novedoso: un grupo de matones mafiosos acaban de pegarle dos tiros en las piernas al presidente de una junta de vecinos que les había plantado cara, alegando que no iban a pagar el gigantesco adeudo que sus predecesores habían acumulado por la presión del crimen organizado. 

          Todo empezó cuando aquellos gangsters desalmados fabricaron una velada amenaza para la comunidad de vecinos y, una vez asustados lo suficiente, les persuadieron con arteros ardides para que adquiriesen material bélico con el que defenderse de la imaginada conminación. Tácitamente aceptaron la coacción a sabiendas de que satisfacer el monto de tan descomunal dispendio no iba a resultar fácil, pero, como les ocurre a los más cobardes entre los cobardes, en el nombre de la seguridad merece la pena perder hasta la libertad.

          Mientras el anterior presidente seguía tomando del hampa su dinero prestado todo iba bien, aunque no pudiera ser devuelto, porque a los codiciosos prestamistas les bastaba con calcular los fructíferos réditos que iba acumulando aquella deuda sin importar demasiado que las cifras fueran haciéndose astronómicas: si no se podía pagar el interés acumulado, el usurero les ofrecía otro préstamo que a su vez generaba nuevos intereses. Gasolina para sofocar el incendio. Así hasta que el asunto se les fue a todos de las manos.
           
         No tardó la situación en hacerse insostenible para los vecinos, cuyos exiguos salarios y rentas apenas daban ya para comer, destinados como estaban, en su práctica totalidad, al pago del déficit adquirido. Con la asfixia devorando cada amanecer, un nuevo presidente les convenció sobre lo imposible que resultaría satisfacer el enorme pasivo sin morir de hambre o asumir la más humillante indignidad y también de que ante la perspectiva de hundirse en una aniquiladora miseria lo mejor era hacer frente a los codiciosos. Impermeables a compasión alguna y refractarios al sufrimiento ajeno, éstos, rehenes del riguroso dictado de la avaricia, actuaron, como no podía ser de otro modo, de manera ejemplarizante para que su moraleja no pasara desapercibida.
           
         Con el suelo bañado en sangre, la cinta llega a su fin y la eterna diatriba colma la pantalla; el pertinaz duelo entre la sumisión y la rebelión como hilo conductor de la historia; el desenlace que provoca el júbilo del público esclavo, del que arranca los más encendidos aplausos, aplausos que son la música fúnebre con la que se advierte al viento que ellos no se dejarán disparar en las rodillas. Que pase lo que pase, sufran lo que sufran, ellos se subyugarán obedientes al chantaje del prestamista.          

        En la sala Europa proyectan una de cine negro. Nada nuevo bajo el sol.
 

LA DIANA



          Aún resuenan en nuestros oídos las quejas apocalípticas perpetradas por el facherío pepero cuando hace unos años se puso de moda el asunto de los escraches. A alguno de los participantes en una de estas actividades le dio por colocar unas pegatinas con un mensaje reivindicativo (ojo, no alusivo, ni ofensivo) en la puerta de la vicetodo y la marabunta comenzó a rugir. Algunas expertas en historia nazi rescataron el fantasma del tío aquél del bigotito que se cargó a medio mundo (no diré más, que se ha puesto muy caro lo de hacer humor con esa parte de la historia y a la mínima te descerrajan unas postas o unos ladridos) y se lanzaron a una campaña de victimismo personalizada en los pobres niños que, guarecidos confortablemente en su acomodada morada, se nos presentaban como sufridores de la algarabía extramuros. Nos eran ofrecidas las criaturas como los más grandes entre los afligidos de este mondo cane, mayores incluso, si cuantificable el caso fuera, que aquellos otros infantes que esos mismos días tuvieron que pasar rondas a la intemperie porque a sus padres los habían echado de casa y nadie de los que podía había hecho nada por evitarlo. En el ideario de este gobierno que padecemos, hasta para sentir miedo hace falta permiso y, sobre todo, tener clase.