UN DIA DE FURIA



          Indignación en dosis masivas. En sobredosis. Una hemorragia incontrolable de rabia. Un raudal de cólera salvaje y en absoluto domeñable. Eso, y no otra cosa, es lo que me ha secuestrado el ánimo la visión de toda una marea de voluntariosos caritativos abriendo brazos, piernas y retaguardias a los refugiados sirios. Pero, ojo, no vayan ustedes a pensar mal: no, insisto, no estoy en contra de que se abran las fronteras y los corazones para acoger a los que sufren. Nada más lejos de mi intención y mi deseo. Lo que me encoleriza es la hipocresía, el obsceno ejercicio de fariseísmo con el que tantos y tantos se empeñan, día sí, día también, en afear su condición de bípedos presuntamente pensantes. Y este tema de los refugiados sirios ha puesto a muchos con el trasero al aire.

          El último en sumarse a la orgía de la falsa bondad, a subirse en el carro de la caridad poco bien entendida, ha sido ese hombre que vive en un palacio fortificado y al que toman por santo, el mismo que ha pedido a sus monaguillos que acojan en sus parroquias exentas de impuestos a una familia de estos refugiados. A ver si así… La verdad es que si todos cumplen, hay sitio para un buen montón de estas pobres ánimas.

          Lo que verdaderamente jode del asunto es el momento y el fondo de foto que esta decisión deja vislumbrar. Y es que llevamos muchos años, demasiados, viendo dramas y catástrofes en las fortificadas fronteras de Ceuta y Melilla casi a cada minuto: pateras hundidas con grandes y pequeños a bordo, trozos de cuerpos colgando de las cuchillas que jalonan vergonzosas vallas, pelotazos de goma a seres humanos que apenas saben nadar. Y nada ni nadie ha parecido inmutarse (nada es el eufemismo para las organizaciones gubernamentales, nadie es ídem para los gobernantes) u ofrecer una solución al problema, más allá de elevar varios metros las vallas, afilar contundentemente las cuchillas y poner al ministro del interior a decir aquello de “si tanto os preocupan, llevaos uno a casa”.

          Tampoco los que ahora en la santa sede y demás contubernios se ponen medallas de la virgencita de turno tuvieron las agallas humanas (de las otras tampoco) para saltar al ruedo y asumir el reto lanzado desde el monasterio, perdón, quería decir ministerio del interior. Qué va, qué va. Entonces, cuando lo de las pelotas de goma y los trozos de muslos negros suspendidos en las concertinas, se callaron como lo que son. Y de ahí viene mi cuita: ¿por qué ahora y entonces mutis?

          Muy sencillo, los refugiados sirios lo son como perseguidos por un ejército religioso, mientras que a los pobres e infaustos negritos subsaharianos sólo los persigue el capitalismo más furibundo. Creo que ahí, precisamente ahí, radica la gran diferencia: según sea el origen, la clase o el marchamo del refugiado, en función de qué o quién lo persigue, se produce la chispa que ignita el movimiento. Tan sencillo y tan perverso. Es evidente que la Iglesia, como tantas y tantas ¿personas? tiene muy claras sus causas y sus preferencias. Que nadie espere que, como ciudadano y contribuyente de un estado aconfesional, me quede callado cuando vea o sienta una injusticia. Y esta lo es, por más que lo disfracen de caridad. Una de las peores y más vergonzosas.

          Un día de furia.

LA FOTO



       Mantengo, por básica decencia, viva en mi recuerdo la imagen de una mujer a la que conocí hace tiempo. Madre de una hija enferma desde su nacimiento, aprendió a ser sincera y honesta con absolutamente todo cuanto la rodeaba, congéneres incluidos. Cuando su hija falleció a los 16 años de edad, un río de vecinos, amigos y demás comparsas se congregó en la iglesia del pueblo para el funeral. En el transcurso del mismo, esta madre valiente y honrada hizo acopio, desde lo más profundo de su sufrimiento, de todas las fuerzas que le quedaban y se acercó al púlpito en el que se hallaba el micrófono. Ante el estupor de los asistentes (y en especial del oficiante), la señora comenzó un breve discurso, en absoluto preparado, agradeciendo la deferencia a quienes en aquel momento tenía ante sí, para, acto seguido, expresar su pena porque todas esas muestras de dolor y solidaridad (que bien sabía iban hacia ella, más que hacia la hija perdida) se estuvieran llevando a efecto en aquel momento, tan tarde. Confesó que habría dado su propia vida porque la mayoría de quienes hacían acto de presencia en el funeral hubieran tenido la valentía y la dignidad de acercarse a visitar a su hija y ofrecerle unos minutos de compañía en cualquiera de esos 16 breves años que la vida tan cicateramente le había otorgado. Reconozco que nunca antes (tampoco después) había padecido la vergüenza, propia y ajena, de recibir un sopapo moral tan sonoro y contundente como el que aquella buena madre propinó a los figurantes apiñados en la iglesia del pueblo. Cuando el dique del amor furioso se desborda, no hay refugio posible.

          Para mi propia mortificación, llevo todo el día sintiendo la misma dosis de sonrojo desde que esta mañana me dio por asomarme a las redes sociales y pude comprobar la obscena proliferación de mensajes (la mar de contritos y curiosamente bien maqueados en el plano sentimental) que mucha gente ha lanzado al mar de la comunicación, todos ellos convertidos en sensibleros epígrafes a la foto de Aylan, el niño sirio cuyo cadáver apareció una mañana en la costa turca. Un diluvio lacrimal.

          Desde el sagrado respeto a las emociones personales, lamento mucho disentir y renunciar al común de los ademanes, a esa sensiblería ecuménica en cuyas aguas tantos han decidido remojarse hoy para demostrar no comprendo bien el qué. Y no lo comprendo porque cada día se cometen atrocidades mayores que ésa contra los niños en todo el mundo: violaciones, abusos, maltratos, explotaciones, mutilaciones… Barbaridades impropias del homo sapiens ante las que desgraciadamente pocos, muy pocos, parecen inmutarse. Sospecho mi pertenencia al gremio de los lerdos desalmados, pero barrunto que jamás alcanzaré a entender por qué hoy hemos de llorar y el resto de los días no (ojos que no ven... Ya). A lo peor es algo semejante a lo que ocurre en Navidad, que tenemos que ser felices por decreto-ley o acaso simplemente seamos marionetas de los medios, que con sus fotos caprichosamente impactantes llevan la batuta que nos marca el son de la tristeza y la congoja. Lamentablemente, me pierdo en mi estupidez.

          En fin, que al contrario de tantos afligidos pareceres, a mí me gustaría apropiarme de las palabras de aquella señora y madre que tuvo el valor de echar en cara su doblez a quienes por impostores tenía y expresar, a cuantos apetezca libremente escuchar y sin la menor acritud, que poco o nada podremos ofrecerle al pobre Aylan ahora que ya no está, si no fuimos capaces de ofrecérselo cuando existía. Cada vez que miro esa foto, tan grotescamente manoseada por turbaciones oportunistas (cuidadosamente dirigidas, diríase con los hilos del titiritero, desde los oscuros antros en donde se gobierna hasta la aflicción ajena), más que dolor me invade la rabia, mucha rabia; se apodera de mí una furia incontenible que se enciende e inflama si además acierto a pensar en los muchos poderosos que viven a cuerpo de rey en sus despachos y coches oficiales, debatiendo números, cuotas las llaman, en función de otros números, dinero lo denominan. Ahí, y nada más que ahí radica la abyección que más que lágrimas hiel me arranca. Lo lamento, pero me sentiría hipócrita arrojando sollozos a la memoria de ese desafortunado niño y no escupiendo mi vinagre a las jetas de tanto sinvergüenza de biblia, misa y comunión diaria que permitiría cien mil aylanes con tal de no renunciar a la obscenidad de su ganacia, a su infame codicia. Supongo que todos esos buenos sentimientos, que en mi condición de ser humano sensible se me suponen, debí habérselos ofrecido en vida y que, como ocurrió con los figurantes del funeral, he dejado que llegaran tarde. Demasiado tarde.