¡QUEMAD AL DOCENTE!

La escena es una vieja conocida en los relatos de historia medieval: una turbamulta de siervos de la gleba inflamada por la más brutal de las inopias que recorre las calles de cualquier aldea al grito de “¡quemad a la bruja!”. Mientras la furibunda plebe desahoga su humillante y miserable malvivir, en los trascoros de tan dantesco teatro los propietarios de las vidas ajenas manejan los hilos del drama y las acusaciones decisivas. Un espantoso panorama de ira, fuego y manipulación. Por fortuna, con la postrer llegada de la Ilustración, la luz intelectual iba a dejar claro que aquellos atroces incendios eran fruto de la ignorancia, que la sabiduría resultaba indudablemente mejor. Y al fin dejaron de arder personas cuyo único delito era ser más avanzadas que los usos y creencias de su época o, simplemente, más sabias que sus verdugos.