OBLIVION


        Recuerdo un par de películas de ciencia ficción en las que nuestro planeta sufre una agresiva invasión de seres de otros mundos que acuden aquí en busca de los recursos materiales que en su lugar de origen no existen. Todas ellas tienen en común la feroz lucha que los humanos, como raza propia de criaturas indómitas y libres, entablan con los invasores con el ecuménico fin de enviarlos a tomar el vermú a su terruño original. Todas esas historias tocan la fibra sensible, llegan al tuétano suelto y flojo que conmueve nuestro resuello fraternal y terminan por predisponernos al hercúleo y heroico acto de aparcar viejas o nuevas rencillas y cerrar filas en pos de un férreo no pasarán que finalmente garantice el porvenir de nuestros vástagos y sus sucesivas generaciones. Después de una de esas sesiones, en las que casi siempre la especie humana sale vencedora, se marcha uno de la sala del cine más ancho que largo, con la aguja del indicador de su humanidad reventando la escala, con el orgullo a rebosar de universalidad planetaria, dispuesto a merendarse al primer alien que tenga la mala pata de cruzársenos en la primera esquina del camino de vuelta a casa. ¡A por ellos, cagondiola!


       Bueno, pues hoy ha querido la providencia que me acordara de estas películas, así como del espíritu de exaltación de nuestra especie, haciéndome tropezar con una noticia en el diario de la corte de Ordoño; una noticia henchida de paralelismo con el trasunto ése de las invasiones alienígenas y con el expolio de los recursos materiales de nuestro planeta. Mas, como siempre, y por desgracia, la realidad mundana expresada en el panfleto no sólo ha superado, sino que literalmente ha abusado, sin contemplaciones, de la ficción cinematográfica:

Villablino pierde 4.280 vecinos en la mayor sangría demográfica del siglo. El batacazo en el padrón guarda sin duda una relación directa con la dramática situación de la minería. (noticia completa aquí)

        La noticia alude además a otros varios de los núcleos mineros que aún quedaban en pie, como víctimas del abandono progresivo una vez exhaustas las cuencas, yermas las galerías y  eternamente supurantes las aberrantes heridas de sus cielos abiertos. Como macabro augurio pronunciado ya en tiempos demasiado lejanos, cabe destacar que aquellos otros pueblos, unos cuantos, que murieron por el cierre de las minas en décadas pasadas ya ni siquiera aportan datos al estudio de población, sino que computan directamente en el catálogo del ectoplasma.

      ¿No sería llegado el momento de convocar a la fuerza planetaria para combatir a estas compañías alienígenas que desembarcan de paraíso en paraíso, pirateando, rapiñando lo mejor de cada comarca para más tarde, agotado el interés (el sentido es doble), largarse sin más a fastidiar a otro lado?

      Mucho me temo que esta vez, alejados de las pantallas cinematográficas, la moneda ha caído mostrando su cruz, en un palmario y estoico designio de rendición ante el invasor, armado no con pistolas de rayos láser o con cañones atómicos, sino simplemente con el arma más letal conocida en cualquier galaxia de las que colman el universo: el dinero. ¿Quién teme a los alienígenas teniendo tan a mano a los empresarios dueños de las grandes (y no tan grandes) multinacionales?

         Como diría mi querido Mulder: "Scully, están aquí, entre nosotros. Hace tiempo que llegaron y no tienen pensado irse hasta que hayan terminado con todo".

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