TAN CERCA Y TAN LEJOS

Hay recuerdos que permanecen fijos y obstinados, perennes, sorprendentemente indelebles en la memoria, inasequibles a la erosión del tiempo, a los empellones de los vientos y las mareas del reloj que marca el paso de cualquier fracción en la que decidamos dividir nuestra existencia. Resulta asombrosa la capacidad de resistencia de la que ciertas imágenes hacen acopio con el transcurso de los años, mejorando la calidad de su nitidez en la misma medida y proporción en que acertamos a recordarlas de cuando en cuando. Y ahí está una de mis favoritas, adherida al sentido como un molusco a su roca, como la piel al hueso, aquella hipnótica escena en la que Rick Blaine e Ilsa Lund se abrazaban, escuchando ficticios ritmos en la angustia de una despedida cuya inminencia exprimía el sentimiento hasta el dolor. El rictus serio de Bogart, la hermosura insuperable y serena de Ingrid Bergman, la frase que perduraría por eones en el subconsciente de cualquiera que tuviera el valor de emocionarse, “no son cañonazos; son los latidos de nuestros corazones”, la eterna figura retórica de fuerza desmesurada y sencillez rayana en lo cursi. Pero lo cursi no importa, sólo cuenta el efecto externo, la contundencia de la deflagración ardorosa, la onda expansiva de tan cruda y vehemente imagen mientras nos drogamos con la ficción de una de las historias más bellas contadas en una pantalla de cine. 

         Hoy la he recordado en el coche, camino del trabajo, cuando he comenzado a oír en el más lejano de los rincones de la percepción un estrépito atronador, una tormenta imaginaria, los cañonazos imposibles, y no he tardado en descubrir el espejismo, la quimérica ilusión de estar oyendo a la vieja mientras se afana, otro día más, otro año más, otro mundo más, en embestir el terruño con su ilógica saña. No, esta vez, como en Casablanca, tampoco eran cañonazos, sino el fragor de la espuma sacudiendo la tierra, machacando la costa que, sin duda, continuará estando exactamente donde la dejé, y yo no era Bogart (ni tenía -¡qué pena!- a ella entre los brazos) sino un pobre extranjero recordando su propia condición, malviviendo una distancia demasiado cruel a veces, tan inhóspita, tan exigente. Porque en ocasiones, más quizá de las que uno acertara a esperar, el origen regresa y se instala de nuevo, toma posesión de cuanto le pertenece, ocasional, pasajero, fugaz, caprichoso y voluble, y decide batir primero, retirarse después, con rítmico estruendo, como el mismo oleaje que moldea el sueño, con la monótona cadencia que nos rige cada designio. 

         Ya no hay olvido. Esa es, tan clara, tan dura, la lección del tiempo, de su discurrir implacable: que todo es recuerdo y que estamos hechos de memoria, rehenes de nuestra propia evocación, ahogándonos en aquel humus del que el gran escritor extraía su caudal. Y como en la canción del genio Dalla, tan cerca y tan lejos, en el fondo de los ojos, de vez en cuando las veo (y en la mente las escucho y en el alma las siento). 

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