MIL TRAICIONES

Mucho tiempo llevan los sicofantes oficialistas, ahora más que nunca gigantescos calamares dedicados en exclusiva a la producción de tinta evasiva, por dar lo mejor de sí mismos en el afán de distraer al personal sobre la realidad que nos acecha. Son, no obstante, maestros en la vieja industria del ardid, a mitad de camino entre los creadores del caballo de Troya y los embaucadores trileros de vaso y bolita -“está aquí, no, aquí, ahora la ves, ahora no la ves”-, vivos y a la vez ectoplasmáticos reflejos de aquellos viejos pícaros buscones, truhanes con un oficio y una destreza incomparables. Permítanme mis imaginarios lectores la insistencia, acaso vehemente, en el adorno barroco y afarolado de la adjetivación, en absoluto dirigido mi empeño al efectismo poético o estilístico, sino más bien al rociado del agua bendita con la que espantar el mal fario y el espíritu del insulto hacia quienes, con su credulidad incomparable e incomprensible, han convertido a estos filibusteros en maestros del siniestro arte del engaño. Porque de eso se trata todo, hasta la vida misma, de que si dos no se pegan porque uno no quiere, a uno no le engañan si no se deja. Y ahora mismo hay millones de babeantes boquiabiertos a quienes se engaña más fácilmente que a un chino. Por cierto, nunca alcancé a entender ni la hondura del dicho ni la razón por la que los orientales parecen mitológicamente más propensos a nuestra picardía. 

        La gran mentira que como un diluvio imparable, como aquella lluvia incesante que uno recuerda de joven allá por el norte (y que le acompañó muchos, demasiados, días en el esfuerzo escolar), se derrama sobre nosotros estos días es la de la traición: todo lo que no se halle en consonancia con las tesis oficiales, ministeriales y gubernamentales constituye una traición. Cataluña quiere separarse de España, luego los catalanes traicionan a los españoles; un partido político bastante mayoritario quiere cambiar las reglas de juego imperfectas, luego los que lo han votado traicionan a los demás españoles; unos cuantos líderes políticos se niegan a ayudar a que otro líder político sea presidente del gobierno y por ello traicionan a España, o sea a todos los españoles; un par de atolondrados titiriteros traicionan a España desde un carro de combate con forma de guiñol y cuantos se lanzan a consideran su encarcelamiento como una barbaridad son tildados de traidores a la paz hispana… Todo parece haberse revestido, dialécticamente, con el celofán de la traición. Es lo que tiene el patriotismo, que mal entendido, particularmente con aquel viejo aforismo bíblico de estar conmigo o contra mí, supone una vuelta de tuerca a la intransigencia más furiosa: si no piensas como yo, me traicionas. 

          Y lo que la gente no ve, porque se lo tapa la tinta del calamar gigante, es que hay muchas, diríamos miles, formas de traicionar a España. Para esta reflexión he seleccionado tres en particular, porque ilustran bien el asunto y porque, por lo que he podido comprobar desde mi modesta atalaya, pasan muy desapercibidas a los que siguen pasmados la zigzagueante estela de la tinta encubridora. Una, la primera, tiene que ver con nuestro ministro de economía. Se descuelga el señor Guindos con unas frases que carecen de desperdicio: “si en España sale adelante un gobierno con Podemos, eso creará incertidumbre en los mercados y se resentirán las inversiones extranjeras en España”. Yo creo que el ministro de economía, por si no se habían dado cuenta, traiciona a España… Voy, voy, ya lo explico. 

          Conociendo a las ávidas y despiadadas rapaces que revolotean en el cielo de la economía, estas palabras de nuestro ministro, lejos de pasar desapercibidas, constituyen todo un mensaje, cifrado para el mortal ignorante del asunto ese de los mercados, nítido para el versado en asuntos de pasta gansa. Traducida a lenguaje de la calle, la frasecita quedaría mejor así: “estimados colegas inversores, si sale Podemos, ni un maldito euro de inversión en España, ¿vale?”. Y entonces yo me pregunto, ¿es labor del ministro de economía lanzar susurros negativos, subliminales mensajes de desánimo a los inversores extranjeros? ¿O, según le obliga su juramento oficial para el cargo que ocupa, así como la responsabilidad derivada del desempeño del mismo, es su obligación tranquilizar a los mercados y pelear por garantizar el necesario flujo de inversiones que nos ayude a salir de la crisis? ¿No debe, acaso, el ministro de economía dar lo mejor de sí mismo para que llegue a España cuanto más dinero mejor sin pensar en este o en el otro gobierno? Al fin y al cabo, un ministro se debe a su servicio en favor de España, ¿no? Pues bien, dándole vuelta al razonamiento de los trileros arriba mencionados: quien desanima a los inversores, y subliminalmente les incita a no invertir, especialmente desde un altísimo puesto gubernamental, a mí me parece que está traicionando a España. Ni más ni menos.

             La segunda gran perfidia corresponde a otro ministro, igualmente paniaguado de poltrona y coche oficial: el señor Margallo. Este viejo conocido del follón patrio, acaba de expresarse casi conminando a la comunidad internacional para que se prepare a hacer un griego (tomen la figura como les plazca) en el caso de que el tío de la coleta acabe en un sillón azul de la parte delantera del hemiciclo: “si gobierna Podemos, seguramente España se salga de la coalición que lucha contra el ISIS”. Con posta y cañamón, así, a bocajarro. En efecto, para este señor vale la misma pregunta que para el anterior, ¿cuál es su cometido como ministro de exteriores? ¿Meter miedo a la comunidad internacional o tranquilizar a sus colegas asegurando la fidelidad española en la lucha contra la lacra, acabe quien acabe en el gobierno? ¿Está este señor ejerciendo, desde la responsabilidad de su cargo, las funciones que tan solemnemente prometió cumplir y desempeñar cuando juró su cargo o se está pasando por el forro su obligación de defender a nuestro país? Mi veredicto es idéntico que en el caso anterior: aquí también se está traicionando a España. 

        Sin embargo, como hoy seguimos en temporada de rebajas, ofrezcamos un tres por dos, que no habremos de mostrarnos rácanos ni en tiempos de apuros. Y el único que faltaba para completar la bandada ha roto por fin su sorprendente silencio: según el ministro de interior, la ya casi olvidada banda criminal otrora conocida como ETA “está deseando que Podemos gobierne”. Olé sus bemoles. Olé su valentía a la hora de desenterrar lo peorcito de la historia con tal de acojonar. En fin, que más de lo mismo, o sea, otro ministro ejerciendo, y ustedes sabrán perdonarme la ironía, la responsabilidad de su cargo desde el respeto a todos los españoles. Más traición a la democracia, al estado de derecho y, en definitiva, a nuestra nación. 

            El resumen es sobrecogedor: tres ministros dedicados a sembrar el miedo en lugar de a ejercer y dar lo mejor de sí mismos para que este país prospere y viva en paz y democracia. ¿Pero no iba a ser éste el gobierno de los más responsables y de los más patriotas? 

          Dice el refrán que si el padre abad juega a los naipes, qué no harán los frailes. Pues bien, el padre abad de este trío de frailones latigantes arriba mencionados, a la sazón el peor presidente de gobierno que ha tenido este país desde la edad de la cachiporra, tampoco se ha quedado atrás en el ejemplo de traicionar al país que tanto dice presidir y liderar, siquiera porque no ha regateado coraje al afán de rechazar el encargo regio para la investidura presidencial y la formación de gobierno. A uno se le desencajan las cuadernas cuando oye a este señor hablar, básicamente de cada cosa que habla, pero especialmente del respeto a la Constitución Española y del cuidadín casi enfermizo que hay que tener para no modificarla en maldita sea la hora. Pues bien, no mencionaré los muchos viernes en que la Carta Magna ha terminado en los lavabos del consejo de ministros a lo largo de la pasada legislatura (varias famosas leyes, cuestionadas por su dureza incluso fuera de España, lo corroboran: ley mordaza, ley de amnistía fiscal, el tasazo judicial, etc.), sino que me centraré, esta vez, sólo en el asuntillo éste de la investidura. Por mucho que uno se lea, relea y deje la vista y la razón en el repaso de la Constitución, hacia arriba o hacia abajo, hacia delante o hacia atrás, no acierta jamás a encontrar una línea, un resquicio, una honorable salida que permita, posibilite o tan siquiera insinúe que un señor al que el monarca encarga intentar formar gobierno pueda negarse, como ha hecho el presidente en funciones. En mi más humilde opinión y desde el profundo respeto, quiero entender que saltarse la Carta Magna, y además hacerlo desde lo alto de la Jefatura del Gobierno, no es más que otro ejemplo de traición a España. 

     Termino haciendo ostentación del incontenible hartazgo que me ahoga, fruto de la maldita manía prójima de comerme la oreja con eso de que los catalanes están traicionando a España, de que se puede hacer terrorismo con unas marionetas o de que personas que visten y peinan de manera diferente son unos bastardos que nos van a meter en un gulag. Hay muchos patriotas de bandera en ristre y cuenta en Suiza que, día sí, día también, y desde la impunidad de un despacho y el parapeto de una buena escolta, no hacen otra cosa que traicionar a mi país. Por eso a mí me parece que lo suyo es, con diferencia, mucho peor. 
        
        Por cierto, de la corrupción aislada ya hablamos otro día.

5 comentarios:

  1. Si es que al final, todo se reduce a dos "profundas" convicciones. La primera, que ya mencionas, "el que no está conmigo está contra mí", que se complementa con la segunda: "España somos nosotros". Esto último es el resultado del tránsito mal digerido, y peor metabolizado, del legitimismo dinástico al nacionalismo a la manera romántica(con lo cual la razón de estado surgió inevitablemente tarada), durante la Restauración. Antes, los enemigos de la idea de nación española eran precisamente los que luego la usurparon, con un añadido nada desdeñable: el desastre colonial del 98 llevó a esta gentuza a interiorizar el imperio en la metrópolis, con las consiguientes restricciones mentales que ello supuso para la geografía y la política. A las clases bajas, y a todo lo que oliera a modernizados, se las verá como a los rebeldes cubanos y filipinos; a su vez, las colonias se interiorizaron también en el mapa neoimperial, marcando unos lindes nada difíciles de adivinar. Todo este conglomerado se conocerá como la anti-España. Un constructo sin equivalente en lugar alguno del mundo civilizado. Y siguen pensando así en el fondo, y cada vez que se ventila algo que puedan perder, asoma la pata de cabra por debajo del traje de Armani.
    Un excelente artículo el tuyo, Manuel. Enhorabuena.

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    1. Gracias por la aportación, Xavier. Y, por supuesto, por la fidelidad lectora. Tomo buena nota y subrayo el estupendo ejemplo que me ofreces para explicar algo cuyas causas aún tenía en el ámbito del arcano. Ciertamente de un imperialismo muy mal digerido procede todo. Un saludo.

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    2. Es que estoy trabajando en algo que será, espero, un libro sobre el nacionalismo (catalán)y sus agujeros negros, que no es sino el correlato de este neonacionalismo español al que me refería en la anterior intervención, por eso lo tengo fresco. Bueno, corrijo, será un libro si algún día lo acabo y si después consigo publicarlo. En fin. Un abrazo.

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  2. Es que el PP, además de malo (moralmente) y nocivo para la democracia (échale un vistazo a su historial y las leyes que ha impuesto), es muy torpe, Manolo: que tres ministros se pongan en raya para hacer el mismo tipo de declaraciones desestabilizadoras es una estrategia que apesta desde cien kilómetros. Y estoy contigo: sus declaraciones son alta traición a la patria y alta fidelidad a sus culos de... ministros EN FUNCIONES. Al final, la clave es esta. Un saludo.

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    1. Gracias Sr. Guachimán por su aportación y por dejarse caer por estos pagos de vez en cuando. Su presencia es muy bienvenida y considerada. Por desgracia, no sólo el PP es la causa de nuestra zozobra, sino un cúmulo de malas praxis del resto del abanico (véase el catálogo de felonías históricas del Partido Socialista, por ejemplo). Pero en el PP cabe aumentar el castigo porque se auparon como restauradores de un caos que, según ellos, nos conducía al abismo. En el abismo estamos, con el mismo caos y sin sus promesas cumplidas. El latrocinio económico lo dejamos para otro momento. Gracias de nuevo y un saludo.

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Muchas gracias por tu aportación.