PLEITESÍA DEBIDA (I)

      Pocos homenajes mejores para recordar la enorme figura de Umberto Eco que la (re)lectura de sus obras. A la tarea me he entregado desde hace unos días. Allá va el rescate de algunos de los más brillantes pasajes, con el debido respeto al gusto ajeno.

 
Baudolino se encuentra con Nicetas Coniates
 
-¿Qué es esto? -preguntó Nicetas, después de darle unas vueltas entre las manos al pergamino e intentar leer algunas líneas.
            -Es mi primer ejercicio de escritura -contestó Baudolino-, y desde que lo escribí (tenía, creo yo, catorce años, y todavía era una criatura del bosque), desde entonces lo he llevado encima como un amuleto. Después he rellenado muchos pergaminos más, algunas veces día a día. Tenía la impresión de existir sólo porque por la noche podía relatar lo que me había pasado por la mañana. Más tarde, me conformaba con epítomes mensuales, pocas líneas, para acordarme de los acontecimientos principales. Y, me decía, cuando esté entrado en años (que a saber, sería ahora), extenderé las Gesta Baudolini sobre la base de estas notas. De esa manera, en el transcurso de mis viajes, llevaba conmigo la historia de mi vida. Pero en la huida del reino del Preste Juan ...
            -¿Preste Juan? Nunca he oído hablar de él.
            -Ya te hablaré yo de él, quizá incluso demasiado. Te estaba diciendo: al huir perdí aquellos papeles. Fue como perder la vida misma.
            -Pues entonces ya me contarás a mí lo que recuerdes. A mí me llegan fragmentos de hechos, retazos de acontecimientos, y yo saco de ellos una historia, entretejida de designio providencial. Tú, al salvarme, me has regalado el poco futuro que me queda, y yo te corresponderé devolviéndote el pasado que has perdido.
            -Pero quizá mi historia es un sinsentido ...
            -No hay historias sin sentido. Y yo soy uno de esos hombres que saben encontrarlo allá donde los demás no lo ven. Después de lo cual la historia se convierte en el libro de los vivos, como una trompeta brillante que hace resurgir de su sepulcro a los que son polvo desde hace siglos ... Sólo que se necesita tiempo, hay que considerar los acontecimientos, vincularlos, descubrir los nexos, incluso los menos visibles. Claro que tampoco tenemos nada más que hacer, tus genoveses dicen que tendremos que esperar hasta que la rabia de esos perros se haya calmado.
            Nicetas Coniates, ya orador de corte, juez supremo del imperio, juez del Velo, logoteta de los secretos, es decir -como habrían dicho los latinos- canciller del basileo de Bizancio, además de historiador de muchos Comnenos y de los Ángelos, miraba con curiosidad al hombre que tenía delante. Baudolino le había dicho que se habían visto en Gallípoli, en los tiempos del emperador Federico, pero si Baudolino estaba, estaba confundido entre muchos ministeriales, mientras que Nicetas, que negociaba en nombre del basileo, era mucho más visible. ¿Mentía? En cualquier caso, era él quien lo había sustraído a la furia de los invasores, lo había conducido a un lugar seguro, lo había reunido con su familia y le prometía sacarle de Constantinopla ...
            Nicetas observaba a su salvador. Más que un cristiano, parecía un sarraceno. Un rostro quemado por el sol, una cicatriz pálida que atravesaba toda la mejilla, una corona de cabellos todavía rojizos, que le otorgaba un cariz leonino. Nicetas se habría sorprendido, más tarde, al saber que ese hombre tenía más de sesenta años. Las manos eran gruesas; cuando las tenía recogidas en el regazo, se notaban en el acto sus nudosos nudillos. Manos de campesino, hechas más para la azada que para la espada.
            Y, aun así, hablaba un griego fluido, sin escupir saliva en cada palabra como solían hacer los extranjeros, y Nicetas acababa de oírle dirigirse a algunos invasores en uno de sus erizados idiomas, que hablaba rápido y seco, como quien sabe usar esa lengua también para el insulto. Por otra parte, la noche antes le había dicho que poseía un don: le bastaba oír a dos hablando una lengua cualquiera, y al cabo de poco era capaz de hablar como ellos. Don singular, que Nicetas creía había sido concedido sólo a los apóstoles.
 

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