Por el libro



           Umberto Eco, 22 de junio de 2013

               El mundo del coleccionismo abarca todo tipo de objetos dispares. Políticos romanos coleccionaban antigüedades griegas (incluso falsas). Los catálogos de casas de subastas de tiempos modernos exponen de todo, desde pinturas de artistas renombrados mundialmente hasta calcetines que pertenecieron alguna vez al duque de Windsor. Mercados de pulgas rebosan de entusiastas a la caza de tarjetas telefónicas, objetos masónicos, tarjetas postales, calcomanías, llaves, botellas de Coca-Cola, navajas de afeitar, diplomas, botellas miniatura de licor, paquetes de azúcar. Y así sin parar.
          Es obvio que este tipo de colección raya en manía. Coleccionar libros viejos, por otra parte, es una búsqueda totalmente defendible, ya sea que los codiciados objetos son obras raras y costosas del siglo XV o primeras ediciones del siglo XX. Además, hay un género en la edición conocido como “libros sobre libros”, que, en efecto, es otra forma de coleccionar libros: compilarlos, compararlos y darles sentido.
             En el siglo XIX, los expertos más prominentes en el género de libros sobre libros eran franceses: uno piensa, por ejemplo, en el bibliófilo Charles Nodier, quien, como el director de una sucursal de la biblioteca nacional de Francia, influyó enormemente sobre algunos de los escritores más notables de su tiempo. Sin embargo, desde el siglo XX, el género de libros sobre libros floreció en mayor medida en países de habla inglesa. Por supuesto, muchísimos libros hablan de otros libros, como ocurre con historias de literatura, pero el género de libros sobre libros maneja la historia y la colección de libros. Incluye también algunos ejemplos más bien de nicho, como estudios sobre las dedicaciones y prefacios en libros del siglo XVII.
           En fecha reciente he notado también un resurgimiento del género de libros sobre libros en Italia. Para captar una idea del alcance de esta tendencia, se podría consultar el catálogo de la meritoria (y, ay, en peligro) casa editorial Edizioni Sylvestre Bonnard, cuyo nombre fue en honor al bibliófilo en el corazón de El crimen de Sylvestre Bonnard de Anatole France, y establecida y manejada por Vittorio di Giuro.
            El catálogo incluye más de 100 títulos, que van desde El pie de página: curiosa historia, escrito por Anthony Grafton, hasta libros de Hans Tuzzi, quien no sólo escribió la obra seminal Collezionare Libri Antichi, Rari, di Pregio (Coleccionando libros antiguos, raros y valiosos), sino también inventó algo similar a un subgénero de libros sobre libros: investigaciones policiales que ahondan en el mundo de los libreros de libros de época.
          Los últimos dos años han traído la publicación de Collezionismo Librario e Biblioteche d’Autore: Viaggio Negli Archivi Culturali (Colección de libros y bibliotecas de autor: travesía a través de los archivos culturales), compilación que investiga el conocimiento cultural que bibliotecas y colecciones personales de libros tienen para ofrecer; así como Lo Scaffale Infinito: Storie di Uomini Pazzi per i Libri (El librero infinito: historias de hombres locos por los libros), de Andrea Kerbaker, que presenta a bibliófilos a través de las eras, desde Petrarca hasta Jorge Luis Borges, desde el cardenal Mazarino hasta Madame de Pompadour.
           
 
        Otra reciente obra, Per Hobby e per Passione (Por pasatiempo y por pasión), no se limita a coleccionistas de libros sino, como promete su subtítulo, abarca buena parte del universo del coleccionismo: “De fanáticos de Barbie a ladrones del manuscrito, desde adoradores del sexo hasta coleccionistas de mariposas”.
             ¿Por qué todo este interés en coleccionar libros en una época en que todo parece indicar que los medios de comunicación muestran una impaciencia insaciable por citar a cualquiera que argumente que el libro impreso va de salida, próximo a ser desplazado completamente por libros electrónicos? Una respuesta es: porque tan pronto como un objeto empieza a desaparecer del mercado, la gente empieza a coleccionar los ejemplares sobrevivientes.
            Sin embargo, esta no puede ser toda la explicación, ya que las colecciones de libros florecieron mucho antes de que llegaran los lectores electrónicos y la gente empezara a pronosticar la desaparición de la palabra impresa. Quizá la respuesta simplemente es que, ante un pronóstico de la extinción del libro impreso —aunque sea un pronóstico absurdamente apocalíptico—, hemos experimentado un nuevo despertar, un reavivamiento de nuestro amor por este mágico objeto que ha existido incluso durante más tiempo que la imprenta. El temblor que corre por nuestra columna vertebral ante el solo pensamiento de que los libros pudieran desaparecer algún día.
              Esto es lo que nos impulsa a escribir sobre ellos, a obsesionarnos con ellos, a coleccionarlos. Ellos estaban aquí mucho antes que usted o yo; ojalá vivan más que todos nosotros.

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