Observaciones sobre los salvajes de Norteamérica



EDUCACIÓN

Salvajes los llamamos, porque sus maneras de vivir son diferentes a las nuestras, que nosotros juzgamos como la perfección del civismo; pero ellos piensan lo mismo de las suyas. Quizá si pudiésemos examinar con imparcialidad la conducta de las diferentes naciones, tal vez hallaríamos que no hay pueblo tan rudo que carezca de algunas reglas de educación, ni tan civilizado que no tenga algún resto de salvajismo.
Los indios, de jóvenes, son cazadores y guerreros; de ancianos, consejeros, ya que todo su gobierno está regido por el consejo y la opinión de los sabios. No hay ejércitos, ni prisiones, ni policía que ordene la obediencia e inflija castigos. De aquí que perseveren en el estudio general de la oratoria. El mejor orador goza de más influencia. Las mujeres indias cultivan la tierra, preparan los alimentos, crían y educan a los niños y preservan y transmiten a la posteridad la memoria de las transacciones públicas. Estas ocupaciones de los hombres y las mujeres son consideradas honradas y naturales. Como tienen pocas necesidades artificiales disponen de abundante ocio para aventajarse en la conversación. Nuestra manera laboriosa de vivir, comparada con la suya, la disputan ellos como vil y esclava; y el saber del que tanto nos enorgullecemos lo consideran frívolo e inútil.
Citaré un ejemplo que tuvo lugar en el Tratado de Lancaster, en Pennsylvania, el año de 1744, entre el Gobierno de Virginia y las Seis Naciones. Una vez resuelto el asunto principal, los comisionados de Virginia comunicaron a los indios, mediante un discurso, que existía en Williamsburg un colegio con un fondo para la educación de los jóvenes indios; y que si los jefes de las Seis Naciones deseaban enviar media docena de sus hijos al citado colegio, el gobierno se cuidaría de todas sus necesidades y de que les instruyesen en el conocimiento de los hombres blancos.
Una de las reglas de la educación de los indios consiste en no responder a una proposición pública el mismo día en que ésta se realiza; opinan que esto sería tratarla de una manera muy ligera y que le demuestran respeto tomándose algún tiempo para considerarla, juzgándola así como un asunto importante. Por tanto, demoraron su respuesta hasta el día siguiente, en que su portavoz comenzó a hablar manifestando su profundo agradecimiento por la amabilidad del Gobierno de Virginia al hacerles aquel ofrecimiento; "pues nosotros sabemos muy bien -dijo él- cuánto estiman la clase de conocimiento que se enseña en estos colegios, y que el mantenimiento de nuestros jóvenes, sería muy costoso para ustedes. Por tanto, estamos convencidos de que ustedes quieren hacemos un bien con su proposición y nosotros lo agradecemos cordialmente. Pero ustedes, que son sabios, deben saber que las distintas naciones tienen distintos conceptos de las cosas; y así ustedes no tomarán a mal el que digamos ahora que nuestras ideas sobre educación no corresponden a las de ustedes.
Hemos tenido sobre esto alguna experiencia: varios de nuestros jóvenes se educaron hace tiempo en los colegios de las provincias del norte; fueron instruidos en todas sus ciencias, pero cuando volvieron con nosotros, eran muy malos corredores, desconocían la manera de vivir en el bosque y no podían soportar ni el frío ni el hambre; no sabían cómo construir una cabaña, cazar un ciervo o matar a un enemigo; hablaban nuestro lenguaje imperfectamente y eran en conclusión inútiles para la caza, para la guerra y para el consejo; realmente no servían para nada. Pero aunque no aceptemos su amable ofrecimiento no por ello nos sentimos menos agradecidos, y para demostrárselo les notificamos que si los caballeros de Virginia quieren enviamos una docena de hijos, nosotros cuidaremos mucho de su educación, les instruiremos en todo cuanto sabemos y los haremos hombres."

CONVIVENCIA

Vimos algunos de sus consejos públicos, que celebran con frecuencia, y pudimos observar el decoro y el orden con que los llevaron. Los ancianos se sientan en las primeras filas, los guerreros en las siguientes y las mujeres y los niños en las de atrás. El oficio de las mujeres es observar con exactitud y enterarse de lo que ocurre y se dice, retenerlo fielmente en la memoria (pues carecen de escritura) y transmitírselo a sus hijos. Son la crónica y las actas del Consejo y conservan las tradiciones de lo estipulado en tratados de hasta cien años atrás, de tal manera que, cuando lo comparamos con nuestros documentos escritos, vemos que concuerdan exactamente. El que desea hablar se levanta. Los demás escuchan en profundo silencio. Cuando ha terminado y se sienta, se le conceden cinco o seis minutos para reflexionar, y si sucede que ha olvidado alguna cosa que pensaba decir o necesita añadir otra nueva, puede levantarse de nuevo y decirla. Interrumpir a otro, incluso en una conversación común, es considerado altamente indecoroso. ¡Cuán diferente de la conducta de la educada Cámara inglesa de los Comunes, donde no pasa un día sin alguna confusión o barullo que deje al presidente ronco pidiendo orden; y cuán diferente del modo de conversar en muchas sociedades de Europa, donde si usted no dice en seguida su discurso se lo corta de pronto la locuacidad impaciente de los que conversan, sin dejarle acabar.
La cortesía de estos salvajes en la conversación es verdaderamente excesiva, puesto que no permiten ni contradecir ni dudar de la veracidad de lo que se asienta en su presencia. De esta manera evitan las disputas, pero así, viene a ser muy difícil también conocer lo que piensan y la impresión que produce en ellos lo que se dice. Los misioneros que han intentado convertirlos al cristianismo se quejan todos de esto porque imposibilita su misión. Los indios oyen pacientemente las verdades del Evangelio que les explican y hacen sus gestos usuales de aprobación y asentimiento. Se diría entonces que están convencidos. Nada de eso. Es mera cortesía.
Un predicador sueco después de reunir a los jefes de los indios Susquehanna, les dio a conocer en un sermón los hechos históricos principales en que se funda nuestra religión, tales como la caída de nuestros primeros padres por comer una manzana, la venida de Cristo para redimir nuestros pecados, sus milagros, su pasión, etcétera...
Cuando terminó, un orador indio se levantó a darle las gracias. "Lo que nos acaba de decir -dijo él- es muy bonito y demuestra que es muy mala cosa comerse las manzanas; es mucho mejor convertirlas en sidra. Le agradecemos mucho la amabilidad que ha tenido viniendo de tan lejos para contamos todas esas cosas que le contó su madre. A su vez, yo le diré algo de lo que nosotros hemos oído a las nuestras. En el principio nuestros padres disponían sólo de la carne de los animales para alimentarse; y si los cazadores no tenían suerte se morían de hambre. Dos de nuestros jóvenes cazadores mataron una vez un cuervo e hicieron fuego en el bosque para asar parte de él. Cuando ya estaban a punto de satisfacer su hambre, vieron una hermosa mujer descender de las nubes y sentarse sobre aquella colina que se ve allá entre las montañas azules. Entonces se dijeron uno a otro: «debe ser el espíritu, que ha olido nuestro venado asado y desea comer un poco; ofrezcámosle algo.» Le ofrecieron la lengua; le agradó el sabor y dijo: «Recompensaré vuestra amabilidad; venid a este lugar cuando hayan pasado trece lunas, y encontraréis algo que será de gran beneficio para vuestra alimentación y la de vuestros hijos hasta la última generación.» Lo hicieron así y para su sorpresa encontraron varias plantas que no habían visto nunca; pero que, desde aquel remoto tiempo, han sido constantemente cultivadas entre nosotros para nuestro gran provecho. Donde su mano derecha se posó, ellos encontraron maíz; donde apoyó su izquierda encontraron frijoles, y donde se había sentado encontraron tabaco."
El buen misionero enojado con esta historia vana, dijo: "Lo que yo les he dicho a ustedes son verdades sagradas y lo que usted me cuenta es mera fábula, ficción, falsedad."
El indio, ofendido, replicó "Hermano mío, parece que tus amigos no te han educado bien; no te han instruido como debían en las reglas del civismo y la cortesía. Habrás observado que nosotros, que entendemos y practicamos estas reglas, hemos creído como ciertas todas tus historias. ¿Por qué te niegas tú ahora a creer las nuestras?"

HOSPITALIDAD

Cuando alguno de ellos viene a nuestras ciudades, nuestra gente se apresura a rodearlo, tenemos la mala costumbre de agruparnos a su alrededor, quedarnos mirándolo e incomodarlo, cuando lo que desea es que lo dejen en paz; esto lo consideran como algo grosero, lo juzgan como una gran descortesía; para ellos supone una falta de instrucción en las reglas del civismo y las buenas maneras. "Nosotros sentimos”, dicen ellos, “tanta curiosidad como vosotros, y cuando entráis en nuestras ciudades buscamos oportunidades para contemplaros; pero para ello nos ocultamos detrás de los arbustos por donde habéis de pasar, jamás os imponemos nuestra presencia y nunca nos entrometemos en vuestra compañía."
La forma de entrar uno en el poblado del otro tiene también sus reglas. Se considera sumamente descortés e incivilizado que los forasteros entren en un pueblo abruptamente y sin anunciar su llegada. Por esto, tan pronto como llegan a donde les alcanza la voz y pueden ser oídos, se paran, gritan y permanecen a la espera hasta que son invitados a entrar. Dos ancianos son, por lo general, los encargados de salir a recibirles y conducirles al interior. En cada poblado hay una casa vacía llamada la casa de los forasteros. Aquí se les instala mientras los ancianos van de cabaña en cabaña anunciando a los habitantes que acaban de llegar unos extranjeros que probablemente están hambrientos y cansados; cada cual les manda entonces lo que tenga de sobra, alimentos o pieles, para que coman y descansen. Cuando se han repuesto les traen pipas y tabaco; entonces, y nunca antes, comienza la conversación y se les pregunta quiénes son, adónde van, qué noticias traen, etc.; la charla termina frecuentemente con ofrecimientos de ayuda, por si los extranjeros tienen necesidad de guías o de otra cosa cualquiera para seguir su camino; y no se cobra nada por acogerlos y atenderlos.
La misma hospitalidad, que se estima entre ellos como una virtud esencial, la practican también los individuos particulares. De ello me habló Conrad Weiser, nuestro intérprete, quien me dio el ejemplo siguiente. Conrad se había sido adoptado por las Seis Naciones y se había naturalizado como uno de sus miembros; y además hablaba bien la lengua Mohawk. Yendo por tierra india a llevar un mensaje de nuestro gobernador al Consejo de los Onondaga, fue a la casa de Canassatego, un viejo conocido suyo, que le abrazó, le extendió pieles para que se sentase y le trajo alubias guisadas, venado y agua con ron para que comiese y bebiese. Cuando se refrescó y hubo encendido su pipa, Canassatego comenzó a hablarle, preguntándole primero qué había sido de él durante los muchos años que hacía que no se veían, de dónde venía esta vez, cuál era el objeto del viaje, etc... Conrad le respondió a todas estas preguntas; y cuando la conversación comenzaba a decaer, el indio, para continuarla, dijo: Conrad, usted ha vivido mucho tiempo entre los blancos y conoce sus costumbres; algunas veces yo he estado en Albany y he observado que una vez cada siete días cierran las tiendas y se reúnen en una gran casa. Dime, ¿para qué? ¿Qué hacen allí? Se reúnen allí, dijo Conrad, para oír y aprender cosas buenas. No me cabe duda, dijo el indio, de que eso es lo que ellos te dicen; a mí me han dicho lo mismo; pero yo dudo que sea esa la verdad, y te voy a dar las razones de mi sospecha. Hace poco fui a Albany a vender pieles y comprar mantas, cuchillos, pólvora, ron, etc. Yo antes solía comprarle a Hans Hanson, pero últimamente me decidí a tratar con otros mercaderes. Sin embargo, yo fui primero a ver a Hans y le pregunté a cuánto pagaba el castor. Me respondió que no podía pagarme más de cuatro chelines la libra, pero, dijo él, no puedo hablar de negocios ahora; hoy es el día en que nos reunimos para oír cosas buenas y tengo que ir a la reunión. Entonces yo dije para mí: puesto que no podemos hacer ningún negocio hoy, iré yo también a la asamblea, así que me fui con él. Allí estaba de pie un hombre vestido de negro que comenzó a hablar a los congregados con un tono muy enfadado; yo no entendía lo que decía, pero noté que nos miraba mucho a Hanson y a mí y pensé que tal vez su enojo provenía de verme a mí allí; por esto me salí, me senté fuera de la casa, hice fuego, encendí mi pipa y esperé hasta que la reunión concluyese. Pensé también que el hombre de negro había dicho algo del castor y sospeché que tal vez era éste el asunto de la asamblea. Por lo cual, cuando salieron me acerqué a mi comerciante. Bien, Hans, supongo que habréis convenido en pagar más de cuatro chelines por la libra de castor. No, dijo él, no puedo dar más que tres chelines y seis peniques. Después hablé con otros comerciantes y todos me salieron con la misma cantinela. Tres y seis peniques, tres y seis peniques. Esto confirmó mis sospechas; y aunque ellos digan que se reunían para aprender cosas buenas, el verdadero propósito es consultarse sobre la manera de engañar a los indios en el precio del castor. Piense un poco sobre esto, Conrad, y acabará dándome la razón. Si ellos se reúnen con tanta frecuencia para aprender cosas buenas, ya tenían tiempo de haber aprendido algo. Pero aún no saben nada. Usted conoce nuestras costumbres. Si un blanco, al viajar por nuestro país, entra en una de nuestras cabañas, todos le agasajan como le agasajo yo a usted ahora; le secamos si viene mojado, le ofrecemos fuego si trae frío, le damos de comer y de beber para que satisfaga el hambre y la sed, y le extendemos pieles en el suelo para que descanse y se duerma; y nada le pedimos en recompensa. Pero si yo voy a la casa del blanco en Albany y le pido alimentos y bebidas, me dice enseguida: ¿dónde está tu dinero?, y si no tengo me responde: ¡fuera de aquí, perro indio!» Por esto digo que aún no han aprendido esas pequeñas cosas buenas que nosotros no necesitamos aprender en ninguna asamblea, porque nuestras madres nos las enseñaron desde niños. De esto deduzco yo que sus reuniones no deben ser, como dicen ellos, con ese objeto; se reúnen solamente para idear la manera de engañar a los indios en el precio del castor.
Nota.-Es sabido que en todas las edades y países, la hospitalidad ha sido considerada como la Virtud de aquellos a quienes los hombres civilizados se complacen en llamar bárbaros. Los griegos elogiaron por ella a los escitas, los sarracenos la poseían en un grado eminente y hoy en día es la virtud reinante entre los árabes salvajes. San Pablo, también, en la relación de aquel viaje, donde después de naufragar llegaron a la isla de Mélita, dice: "los bárbaros se mostraron muy amables, nos ofrecieron fuego y nos protegieron de la lluvia y del frío."

Benjamin Franklin: Observaciones sobre los salvajes de Norteamérica (1783)

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