UMBERTO ECO: La isla del día de antes



Poco se puede decir, a estas alturas, de una figura tan universalmente considerada como Umberto Eco. La mayoría de los lectores ávidos, e incluso los menos aficionados, habrán tenido, a buen seguro, contacto con alguna de sus obras, por lo general las más famosas, El nombre de la rosa, El péndulo de Foucault o Baudolino. En mi veneración por tan brillante autor, no he dejado de roer ninguna de ellas. Incluso las más insufribles, como El cementerio de Praga, encierran una riqueza abrumadora. Pero si una de ellas me viera obligado a recomendar, no dudaría ni por un momento en la elección: La isla del día de antes. Pocas veces he disfrutado tanto con la belleza de la literatura en lo que a su forma se refiere. Si alguno de mis imaginarios lectores dispone de tiempo suficiente para hacer frente a este hermoso relato, no dude, por favor, en hundirse en el fragor de sus batallas, en la pasión de sus descubrimientos; no vacile en sucumbir a los encantos de ese personaje no existente llamado Ferrante, cuya mística y ficticia presencia invade cada rincón de la mente del protagonista y, por extensión, del lector. Es deleite en estado puro. Dejo, a modo de incitación descarada e irresistible, el comienzo de la obra, por si acaso alguien decide dejarse seducir…


DAPHNE

Y con todo eso, me envanezco de mi humillación, y pues a tal privilegio estoy condenado, casi gozo de aborrecida salvación: soy, creo, a memoria de hombre, el único ser de nuestra especie que ha hecho naufragio en una nave desierta.

De tal suerte, con impenitente conceptuosidad, Roberto de la Grive, presumiblemente entre julio y agosto de 1643.
¿Cuántos días llevaba vagando sobre las ondas, atado a una tabla, boca abajo de día para que el sol no le cegara, el cuello innaturalmente tendido para evitar beber, requemado por la espuma, ciertamente febricitante? Las cartas no lo dicen y dejan pensar en una eternidad, pero debe de haberse tratado de dos jornadas a lo más, si no, no habría sobrevivido bajo el azote de Febo (como figurativamente lamenta), él, tan enfermizo como se describe, animal noctívago por natural defecto.
No se hallaba en condiciones de llevar la cuenta del tiempo, mas me figuro que el mar habíase sosegado inmediatamente después de la borrasca que lo había arrojado del Amarilis y esa suerte de balsa que el marinero le había delineado a la medida habíale conducido, empujada por los alisios en un piélago sereno, durante una estación en la que al sur del ecuador hay un invierno de mucha templanza, a obra de algunas millas, hasta que las corrientes le habían allegado a la bahía.
Era de noche, se había adormecido, y no había dado en la cuenta de que se estaba acercando al navío hasta que, con un sobresalto, la tabla había chocado contra la proa del Daphne.
          Y como -a la luz del plenilunio- había dado en la cuenta de que estaba flotando bajo un bauprés, al hilo de un castillo de proa del que colgaba una escala de cordel, no lejos del cable del ancla (¡la escala de Jacob, la habría llamado el padre Caspar!), habíanle vuelto en un instante todos los espíritus. Debe de haber sido la fuerza de la desesperación: calculó si tenía más aliento para gritar (pero la garganta era un fuego seco), o para desceñirse de las cuerdas que le habían rayado surcos lívidos, e intentar la ascensión. Creo que en esos instantes un moribundo se convierte en un Hércules que estrangula las serpientes en la cuna. Roberto se muestra confuso a la hora de registrar el acontecimiento, pero se ha de aceptar la idea, si al final estaba en el castillo de proa, que de alguna manera a aquella escala se había aferrado. Quizá subió poco a poco, exhausto a cada trecho, tiróse allende la batayola, arrastróse sobre las jarcias, encontró abierta la puerta del castillo...
 

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