Deporte en la corte



Pasado un mes envié la nave a casa para que nos trajese avituallamiento y noticias. Debería estar de regreso en tres o cuatro días. Entre otras cosas, me traería noticias del resulta­do de un experimento que había puesto en marcha poco tiempo antes. Se trataba de un proyecto mío para sustituir los torneos por otra actividad que proporcionara una válvula de escape real para la fogosidad de los caballeros, manteniéndo­los entretenidos al tiempo que eliminaba los riesgos de que volvieran a sus andadas y trastadas. Además se encargaría de preservar su mayor virtud, es decir, su inquebrantable espí­ritu de competitividad. Tenía un grupo selecto practicando en secreto desde hacía tiempo, pero ya se estaba acercando el momento de su primera presentación en público.

El experimento era la implantación del béisbol. Para que el asunto tuviese acogida desde un principio y se viese libre de críticas, elegí a los integrantes de mis equipos teniendo en cuenta el rango, y no la capacidad de cada uno. No había un solo caballero en ninguno de los dos equipos que no fuese un soberano con cetro y corona. No era dificil encontrar ma­terial de este tipo alrededor de Arturo. Es más: si se te ocu­rría arrojar un ladrillo mientras estabas en su corte, en la di­rección que fuese, siempre te estabas exponiendo a dejar lisiado a un rey. Por supuesto que no conseguí que se despo­jasen de su armadura; no se la quitaban ni para bañarse. Lo más que hicieron fue consentir en que se diferenciasen las armaduras, de modo que los espectadores pudiesen distin­guir a un equipo de otro: uno de ellos usaba casaca de cota de malla, y el otro, armadura chapeada fabricada con mi nuevo acero Bessemer. Sus prácticas en el terreno de juego eran la cosa más fantástica que había visto en mi vida. Como se trataba de uniformes a pruebas de bolas (y de balas), nun­ca se apartaban de la trayectoria de las bolas; por el contra­rio, se quedaban quietos y sufrían las consecuencias. Cuan­do un jugador de los chapeados Bessemer era golpeado por una bola, ésta rebotaba y fácilmente podía ir a parar a ciento cincuenta metros. Y cuando un hombre, en plena carrera, se lanzaba boca abajo para deslizarse hasta su base, más pare­cía un acorazado entrando a puerto. Al principio había de­signado como árbitros a hombres comunes, sin rango, pero tuve que suspender esa práctica. Aquella gente no era más fácil de complacer que otros equipos. La primera decisión que tomaba el árbitro, por lo general, era también la última. Lo partían en dos con un bate, y sus amigos tenían que vol­ver a casa con los restos. Cuando la gente se dio cuenta de que ningún árbitro lograba sobrevivir un partido, el oficio se hizo muy impopular. Me vi obligado entonces a nombrar a alguien cuyo rango y posición elevada en las esferas de go­bierno le protegieran de los jugadores.

He aquí las alineaciones de los equipos:

Chapeados Bessemer                                  Casacas Ulster

Rey Arturo                                                             Emperador Lucius

Rey Lot de Lothian                                                Rey Logris

Rey de Northgalis                                                  Rey Marhalt de Irlanda

Rey Marsil                                                             Rey Morganore

Rey de la Pequeña Bretaña                                    Rey Marco de Cornualles

Rey Labor                                                             Rey Nentres de Garlot

Rey Pellam de Listengese                                      Rey Meliodas de Liones

Rey Bagdemagus                                                  Rey del Lago

Rey Tolleme la Feintes                                          Sultán de Siria



Árbitro: Clarence

El primer partido público atraería con toda seguridad a unas cincuenta mil personas, y por la diversión que prome­tía ofrecer bien valdría la pena darle la vuelta al mundo para asistir a él. Todas las condiciones eran favorables, hacía un suave y hermoso tiempo primaveral, y la naturaleza estrena­ba sus exquisitos ropajes nuevos.

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