La sabiduría de la mendicidad



A través de la obra (Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos ilustres) de Diógenes Laercio (s. III d.c.)  nos han llegado las anécdotas de su homónimo Diógenes de Sinope.

Recogemos aquí algunas relativas a su actitud ante la mendicidad, la cual, para su desgracia, practicó asiduamente. 


Estaba en una ocasión pidiendo limosna a una estatua. Preguntándole por qué lo hacía, contestó: Me ejercito en fracasar.

Para mendigar -lo que hacía a causa de su pobreza- usaba la fórmula: Si ya has dado a alguien, dame también a mí; si no, empieza conmigo.

«¿Por qué –se le preguntó- la gente da dinero a los mendigos y no a los filósofos?» Porque –repuso- piensan que, algún día, pueden llegar a ser inválidos o ciegos, pero filósofos, jamás.

Pedía limosna a un individuo de mal carácter. Este le dijo: Te daré, si logras convencerme. Si yo fuera capaz de persuadirte -contestó Diógenes- te persuadiría para que te ahorcaras.

En un banquete algunos le echaron huesos, como si fuera un perro: Diógenes, comportándose como un perro, orinó allí mismo.

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